Carlos Vázquez, izquierda, y una persona no identificada. Vestir de rojo atrae la hostigamiento de la policía, se quejan los jóvenes latinos en la Misión [Foto: Francisco Barradas/El Mensajero].
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SAN FRANCISCO.— A finales de mayo, el capitán Stephen Tacchini, jefe de la estación de policía en el distrito de la Misión, celebraba en la reunión comunitaria del mes que su trabajo parecía reducirse a atender las quejas de inconformes por el humo que producen los asadores de sus vecinos.

La venta de droga —crack, cocaína, heroína, mariguana— debía ser la habitual en la calle Misión, en el tramo entre las calles 16 y 17; pero Tacchini, cuya oficina está distante a dos cuadras de la bulliciosa plazuela del BART de la calle 16, sobrepoblada por vagabundos y algunos inmigrantes que lucen más desorientados que el resto, estaba de plácemes aquel 26 de mayo mientras una anciana renegaba por el ruido que producen las ruedas de las patinetas sobre el asfalto.

"La incidencia del crimen en el distrito de la Misión está declinando", iniciaba el reporte semanal de la jefatura de policía aquella fecha. Los agentes "están trabajando duro para proveer presencia policiaca en esas áreas donde el crimen ocurre", se leía en el comunicado oficial.

Se aproximaba el verano, la época cuando históricamente suceden más crímenes en el barrio de la Misión. Al menos en 2008, el baño de sangre había sido terrible durante el estío. Pero vigente una orden judicial que restringe la libre circulación de 32 individuos supuestamente afiliados a la pandilla Norteños —a la fecha ya hay uno menos; murió baleado este año—, la seguridad parecía darse por hecho, se creería que por decreto.

Ignoraban esto quizá la docena de jóvenes que una tarde a principios de junio, vistiendo el color que identifica a los Norteños, el rojo, parecían esperar que algo aconteciera en la calle 24, eje de la actividad de la pandilla, la cual es prohijada por Nuestra Familia, un clan carcelario que ha sido rival por más de 40 años de la histórica M, o Mafia Mexicana, fundada también por mexicoamericanos y nutrida de igual modo por la simbología de la cultura chicana.