BERKELEY.— Eduardo Galeano "caminó" su libro, como él mismo dice, Espejos: Una historia casi universal en el Área de la Bahía,
"Seguimos comprando" espejos, dice el escritor uruguayo. "Sólo que ahora son espejos cibernéticos, de alta tecnología".
Hablar de espejos lo lleva a Borges, quien los odiaba porque multiplican a la gente. "Yo los amo por eso mismo; además, pienso que están habitados por una multitud y quise que esa multitud pudiera salirse del espejo para contarnos historias contagiosas, divertidas, terribles, hermosas".
Y es cierto, Espejos intenta y muy bien recuperar la memoria de los olvidados. Y hablar de la memoria lleva a Galeano a la amnesia. Menciona a Robert Carter. Dice: "Nadie lo conoce, no le suena a nadie, era el más rico de los patricios de Virginia que rompieron lazos coloniales con Inglaterra; tenía 560 esclavos de su propiedad y fue el único que los liberó, y lo hizo poco a poco".
Por eso, dice, Carter "fue condenado a la soledad y después al olvido; la recompensa a sus actos fue la amnesia colectiva. Con Espejos, dice, intenta justamente recuperar esa memoria perdida.
El espejo mágico
Le impresiona la pérdida de la memoria en los Estados Unidos. "Sí, es verdad, es una paradoja, el pueblo que tiene acceso a la mayor cantidad de medios de información es el peor informado de su propia historia", afirma.
Y comienza nuevamente su fascinante mar de palabras. "En Espejos cuento sobre el primer gran éxito de Hollywood, El Nacimiento de una Nación, una glorificación del Ku Klux Klan, cuando los negros eran colgados de los árboles por mirar a una mujer blanca. El cine era todavía mudo, los textos eran del presidente Woodrow Wilson, el campeón de la libertad", dice.







