"Es muy solitario", así define la experiencia en la cárcel Charmaine Wilson Thomas, una mujer de 41 años. (FOTO: Clarisse Céspedes/ El Mensajero)
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SANTA CLARA.— Mide más de seis pies de estatura y tiene complexión de atleta, con una voz capaz de poner en guardia a todo su auditorio. Rodeada de personalidades del condado de Santa Clara, Charmaine Wilson-Thomas comienza bromeando, pero al hablar sobre sí misma se le quiebra la voz: "soy una prueba de éxito; de lo que puede suceder cuando pasan cosas buenas".

Hasta hace dos años, Charmaine, de 41 años, no pudo dejar atrás una infancia cargada de abusos. Ni pudo con las drogas, ni con los hijos ni con una actitud rebelde que la llevó varias veces a prisión. "Piensas que algo está mal, que algo tiene que cambiar. Hasta que te das cuenta que ese "algo" está en ti, no en lo que te rodea".

Ayudada por su oficial de rehabilitación, consiguió un terapeuta y emprendió el camino de regreso. "Fue muy difícil volver a la vida de mis hijos. Intento fijar metas que pueda cumplir, no comprometerme a lo que no puedo, como sucedía antes, cuando les decía que los iba a visitar y luego no me presentaba".

Cada año, el sistema de prisiones del condado de Santa Clara recibe más de mil mujeres en condiciones similares a las de Charmaine, y el número va en aumento. Son mujeres que ingresan por delitos leves como consumo de drogas, robos, impago de facturas o prostitución; a menudo identificados como delitos de superviviencia familiar. Incluso por violencia doméstica.

Una de cada tres internas tiene hijos y muchos de ellos han presenciado el arresto de su madre y han sido expuestos a un comportamiento violento que probablemente repetirán cuando crezcan. Otras dan a luz en la prisión y tienen que criar a sus hijos entre rejas.

El estudio "Rompiendo el círculo, reconstruyendo vidas" analiza la situación de las internas para poder proponer un programa de rehabilitación eficaz. "Hicimos este estudio para conocer las razones y hallar soluciones a través de nuestros programas de desintoxicación, terapia y educación", explica el jefe del departamento de correccionales del condado de Santa Clara, Edward Flores.

El número de mujeres que están en prisión, acusadas de violencia doméstica aumentó en un 62% desde el año 2000 hasta el 2004. Esther Peralez-Dieckmann, de la Oficina de la Mujer en el condado de Santa Clara matiza que cuando la policía recibe una denuncia por violencia doméstica, el sistema obliga a los agentes a realizar un arresto. "Analizan el comportamiento de uno u otro miembro de la pareja y si el hombre está tranquilo y ella está histérica y no coopera, es probable que se la lleven a ella", explica.

También señala que el hombre tiende a golpear; mientras que las mujeres arañan "y posiblemente los arañazos sean más visibles en un primer momento y provoquen un arresto". "Los hombres son, por gran diferencia, la mayoría de los agresores. Es excepcional que ellas inicien una pelea; es más probable que agredan cuando sienten que se tienen que defender", explica el psicólogo Manuel Yániz, de la clínica comunitaria Gardner de San José.

La principal barrera para el éxito de estos programas es que sólo un 30% de las prisioneras se benefician de ellos. El idioma es una de las razones, considerando que un 38% de las internas son latinas. Aunque la mayor parte son nacidas en Estados Unidos, todavía hay quienes se ven perjudicadas por un sistema judicial en inglés. Otra barrera es la falta de personal entrenado para lidiar con reas. "Las mujeres son más exigentes, cuestionan más; algunas están embarazadas," señala Peralez-Dieckmann, "eso las hace parecer más difíciles que los hombres".

Para el psicólogo Yániz, es urgente trabajar con las internas para ayudarles a recuperar su autoestima. "Eso es lo más difícil para mí" dice Charmaine "todavía lucho para aceptarme". "Todo el mundo carga un saco de cosas que no ha hecho bien" explica Yániz.

La supervisora Blanca Alvarado insiste en que lo importante es continuar con los programas, esforzándose en lograr que más mujeres se beneficien de los mismos. "Sus ciclos de encarcelamiento afectan a sus hijos de forma negativa, vemos niños con problemas en la escuela, crisis emocionales y abuso de substancias. Si no se rompe, estos niños repetirán el círculo del encarcelamiento", concluye.