El dueño del hotel Whitten Inn en Taos, quiso obligar a algunos de sus empleados hispanos a cambiarse los nombres a una versión "anglosajona". (FOTO: AP)
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María Peña

Washington, 27 de Octubre (EFE).- Por si fuera poca la amenaza de ser deportados, ahora los inmigrantes en ciudades como Dallas han afrontado multas por no hablar inglés y, en un caso extremo, el dueño de un decrépito hotel en Nuevo México les ha obligado a cambiar sus nombres por la versión anglosajona.

Ambos casos recibieron amplia cobertura mediática en los últimos días y aunque podrían achacarse a un error "inocente" o un "mal entendido", han dejado la percepción de que los inmigrantes con apellidos latinos son blanco de una campaña que busca privarles también de su identidad cultural.

Es lamentable que algunos no vean ni entiendan cómo estas medidas hieren las sensibilidades de una comunidad inmigrante que ha hecho de Estados Unidos su país adoptivo, han quemado naves y están acá para quedarse.

En el caso de Dallas, el viernes pasado se informó que en los últimos tres años la policía local impuso multas a al menos 39 conductores por el cargo de no hablar inglés.

El jefe de la policía de Dallas, David Kunkle, ha prometido investigar el asunto en las próximas semanas para determinar si habrá medidas disciplinarias contra los policías involucrados.

También se comprometió a reembolsar a cada uno de los inmigrantes los 204 dólares que pagó por el cargo inexistente.

El propio Kundle, un poco avergonzado quizá, admitió sorpresa ante el incidente porque "en mi mundo, jamás le diría a alguien que no hable español".

El escándalo se destapó el pasado día 2, cuando una inmigrante fue detenida por un policía tras hacer un cambio de sentido ilegal -giró en "U" donde no debía- y fue acusada de desobedecer una señal de tránsito, no mostrar su licencia de conducir y ser "una conductora que no habla inglés".