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SAN FRANCISCO.— Bajo un cielo color aluminio, el ambiente era tan frío que imaginar a alguien dispuesto a quitarse el abrigo para bailar semidesnudo por las calles era un pensamiento atrevido, no por el erotismo del acto, sino por el riesgo de pescar un catarro.

Pero el espíritu de carnaval era convocado por los ejercicios de calentamiento que Diana Suárez tutelaba, ante un grupo entumecido de 20 personas mirándose entre sí, formados en círculo en el patio de la escuela César Chávez, en el colorido barrio de la Misión.

"Este año vamos a tirar la casa por la ventana", había asegurado días antes Roberto Hernández, director artístico del carnaval de San Francisco. Su tono de voz era el acostumbrado, cálido y vibrante, como un redoble de tarolas, y como siempre, al inicio y final de la charla había combinado saludos y adioses con bendiciones.

La razón de este exaltado anhelo de derroche, había explicado Hernández, es que se cumplen 30 años redondos de carnaval.

Hernández fue uno de los iniciadores de la fiesta que atrae a centenas de miles de visitantes a la Misión y es considerado uno de los mejores carnavales en un continente donde, por siglos, la austeridad que impone la cuaresma al terminar el invierno es revertida por esta estridente celebración de plenos humores primaverales.

Concentrado el último fin de semana del mes, el carnaval suele presentirse apenas concluyen los festivales del 5 de mayo. Las fiestas se tornan continuas —este año el propio alcalde Gavin Newsom decidió celebrar una de tantas, el pasado 9 de mayo, en el magno edificio en que despacha— y, por causa de los postreros ensayos de las comparsas, no es exagerado afirmar que durante estos días los tambores marcan el ritmo del barrio latino de San Francisco.

Es tan frecuente ver por las calles del barrio a Dairo Romero, gerente de desarrollo comunitario de la Agencia de Desarrollo Económico de la Misión (MEDA), que podría declarársele parte del paisaje urbano, sumado a los paleteros y los murales.

Era Romero uno de los bailarines atenazados a quienes Diana Suárez instruía para entrar en calor la mañana aquella de cielo gris, en la que pensar en el carnaval ponía la piel de gallina. Los nervios, sí, imbuídos por la inminente presentación ante un público, en este caso, de miles y miles de personas que atestan las aceras de la calles 24 y Misión para ver el paso del desfile, podían causar que Dairo y algunos de sus compañeros, los varones particularmente, no atinaran al principio del ensayo ni siquiera a colocar el sombrero donde era propio hacerlo, según los pasos establecidos por la coreografía.

Y luego aquel vientecito frío; aunque ése fue calentándose a medida que la gruesa voz de Totó la Momposina llenó el ambiente, expulsada a través de las bocinas de un auto; un Mustang que hacía las veces de equipo de sonido ambulante, propiedad de otro miembro de la comparsa.

Romero es colombiano. Encabeza un club de paisanos que, en época de carnaval, se adapta como comparsa para mostrar los bailes típicos de aquel país, y durante el resto del año organiza reuniones con dos propósitos fundamentales: unir a los compatriotas que viven en el Área de la Bahía y reunir fondos que luego se envían al país de origen, de existir una causa, obra o necesidad urgente que el grupo considere necesario apoyar.

Esta comparsa ha participado por seis años en el carnaval. En esta edición, comentó Romero, el tema que presentarán es una fiesta de pueblo. Sobre el carro alegórico que acompañará a los bailarines, reveló, se verá una maqueta representando el centro de un pueblo: la iglesia, el pequeño parque, la fuente…

Bailarán, claro, cumbias, que interpretarán en vivo a lo largo del desfile un grupo de San José, California. El total de bailarines puede ser de hasta 40. No todos son colombianos; al grupo se han unido filipinos, estadounidenses, mexicanos y hasta un polaco.

A diferencia de ediciones anteriores, este año no se premiará a la mejor comparsa del desfile. La razón es que el tema genérico del carnaval, "muchas culturas, un espíritu", impide por sí mismo la competencia. "La verdad es que sí se genera mucha competencia entre las comparsas", comentó Dairo Romero.

Luego, el tenaz colaborador de MEDA volvió al ensayo. Era fácil imaginar que por los saltos, los giros y los pasos de lado que la coreografía impone, su corazón acabó resonando como un tambor más.