MÁS QUE FELIZ, Manny Pacquiao muestra al mundo sus cinturones de campeón, después de arrebatarle el séptimo, el de los welters, a Miguel Cotto. / AP)
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LAS VEGAS

Después de la demostración que Manny Pacquiao dio el sábado pasado en el ring, los aficionados se fueron asombrados y los periodistas buscaban adjetivos para calificar su faena.

En una misma noche, como si los dioses de boxeo estuvieran de juerga, se le comparó con Sugar Ray Robinson, Mohamed Alí, Sugar Ray Leonard, Julio César Chávez, entre otros.

Alguno más gastó la broma y le preguntó si no querría pelear con Kelly Pavlik o Vladimir Klitschko.

"Yo sólo hago mi trabajo y eso me hace feliz porque le doy alegría a mi país y a mis fans que me apoyan y creen en mí", dijo el hombre objeto de toda esa admiración y quien apenas una hora después de destrozar a Miguel Cotto vestía de paisano con una vendaje en la cabeza y un sombrero de granjero.

Era el héroe de siempre de los filipinos, y acaso de mucha más gente. Un hombre que ha construido su leyenda a base golpes, como quien derrumba portones de hierro y sigue sin pedir permiso a nadie.

Agradecimientos

"Agradezco a todo mi equipo. Especialmente al maestro Freddie Roach, él es el responsable de lo que yo hago en el ring", agregó.

Todo humildad, sin abandonar su risa traviesa, explicó cómo le había dado semejante paliza a un enemigo imponente como el puertorriqueño Miguel Cotto.

"En el primer asalto yo quise saber cómo pegaba Cotto. Quería sentir rápido sus puños. Y agarré dos o tres buenos golpes, pero tras el tercer asalto controlamos la pelea con mi velocidad. Le metimos presión, un ritmo fuerte, y él no aguantó", dice el nuevo campeón.

Lo explica como si fuera tan simple de hacer. Él lo hace ver simple.