Los recuerdos de México siempre serán especiales para mí pues son los primeros que tengo. A pesar de haber nacido en el Este de Los Ángeles, crecí viajando frecuentemente con mi familia al otro lado de la frontera para visitar parientes.
Las primeras palabras que escuché fueron en español. Mi padre hablaba más en inglés, pero mi madre no se sentía cómoda hablando en este idioma. Lo entendía, pero tenía dificultades para comunicarse y prefería hablar en su lengua materna.
Yo no tenía ese problema, pues si intentaba hablar español con mis amigos del barrio o de la escuela, se reían de mí, me señalaban y se burlaban: "¡Miren, habla español!". Rápidamente aprendías a limitarte a hablar inglés si querías "ser buena onda" y aceptado.
El boxeo también está grabado en mi mente como una de mis primeras experiencias, pero no es un recuerdo grato.
Los fines de semana íbamos a casa de mi tío Lalo, a unas cuadras de mi casa, para reunirnos con la familia. Las mujeres se reunían en la cocina a preparar la comida, mientras los hombres tomaban cerveza en el patio, alrededor del garaje. Ésa era el área "masculina". Aquel garaje sin puerta servía como casa de juegos para los hombres. Mi tío tenía una mesa de billar para que los muchachos jugaran, se rieran, bebieran cerveza, alardearan después de meter la última bola o pidieran la revancha cuando perdían. Todos se divertían mucho.
Y cuando se cansaban, se dedicaban a una competencia más seria: el boxeo. Obviamente no había gimnasio en ese patio trasero, pero sí guantes, y eso era todo lo que necesitaban.
A mi hermano Joel, dos años mayor que yo, le ponían los guantes y peleaba con algunos de mis primos.
Yo nunca lo hice, por lo menos no en esa época, pues apenas sobrepasaba los cuatro años. Un domingo, dos de mis tíos la emprendieron en serio. Fue una pelea encarnizada, por lo menos ante mis ojos de niño pequeño. Vi sangre y me asusté.
Cuando terminó la pelea, miraron alrededor en busca de sangre fresca y alguien propuso a George, mi primo, que en aquel entonces tenía seis años.
¿Con quién podrían ponerlo a pelear? Todas las miradas se dirigieron a mí. Yo estaba aterrorizado y no tenía dónde esconderme. Mis tíos e incluso mi padre me presionaron para que peleara, asegurándome que podía hacerlo.
¿Hacer qué?, pensé. Nunca antes me había puesto un par de guantes. Pero eso no importaba, no tenía opción, así que levanté mansamente mis manos en contra de mi voluntad y vi con horror cómo esas dos armas de cuero, de un rojo brillante, eran encajadas en mis diminutos puños.
¿Y ahora qué? No sabía qué hacer. Por el contrario, George era hijo del tío Lalo, lo que significaba que tenía acceso a los guantes, que los había usado antes y que al menos entendía lo que significaba lanzar un puñetazo. Eso me convertía en un perdedor seguro, considerando que estaba haciendo mi debut contra todo un veterano. No un veterano experimentado, pero indudablemente con mucha más experiencia que el pequeño Óscar.
Como era de esperarse, sucedió lo inevitable: ¡Boom!, me metió un golpe en la nariz y ahí terminó todo. Caí envuelto en lágrimas. Cuando me levanté, corrí hacia mi padre. Todos los demás se rieron, pero creo que él se sintió avergonzado. Y ése fue el triste comienzo de mi carrera como boxeador y, en lo que a mí concernía, también era el final.
*Ésta es la segunda y última entrega sobre el libro de Óscar De La Hoya. Por error, en la edición anterior anunciamos 5.









