SAN FRANCISCO.— La lucha no termina. Es cierto. Miren que a Fantástico lo despidió el público con la burlona letanía de "quiere llorar, quiere llorar…", y el hombre, todo de blanco, debió aguantar aquello.
Ya dentro, tras bambalinas, se encontraría otra vez con Rockero del Diablo III, quien acababa de derrotarlo en el ring, y ambos se congratularían de haber salido ilesos de una función más de lucha libre.
"He visto lesiones graves, claro que sí", relató Sparky Ballard, uno de los réferis aquella tarde del 6 de junio. "Durante las luchas he visto una fractura de clavícula y otra más. Ambas las sufrió el mismo luchador; Happy Bone (Hueso feliz), se llamaba. Y no creo que eso haya sido muy feliz", agregó sonriendo, animado por su propio sarcasmo.
Mientras Sparky contaba cómo se enroló en esta moderna juglaría, la lucha, uno de los integrantes del dueto Polyester express, cuyo atuendo esa tarde emulaba aquel traje blanco de John Travolta en Fiebre del Sábado por la Noche, posaba para las cámaras. Entonces todavía faltaban unos 20 minutos para que Fantástico y Rockero del Diablo III salieran a calentar al cotarro, que habría de ser encendido, de inicio, por la falsa derrota de Blue Demon Jr. ante Oliver John.
Los personajes, sus gritos y saltos, los violentos choques contra la lona, la música a todo volumen, el humo para crear ambiente, la rapidez general con que todo pasa —¡menos el inicio de la función!— unen fuerzas en las luchas libres para distraer, para sacar a la razón del área y eso, eso fue lo que aprovechó Oliver John cuando urdió vestir a uno de sus compañeros del trío Border Patrol (La Migra) como Blue Demon Jr., subir con él al ring y derrotarlo sin mayor esfuerzo ante el público atónito.
Lo que es real
Dentro, Gabriel Ramírez, el empresario, cabeza de la compañía organizadora del evento, Revolution, se movía también de prisa. En el negocio de las luchas todo tiene un volumen que sobrepasa lo normal; esa es su naturaleza, y la regla aplica incluso para Octagoncito, que aunque pequeño, va blindado por su firme musculatura.
Lena Yada es una muy bella joven. De rasgos orientales, largos cabellos negros y una figura escultural, se mueve como una bailarina; sus piernas harían que un hombre perdiera la cabeza… pero de una patada. Y algo similar podría suceder con Cristina Von Eerie, su contricante esa tarde, quien aunque caracterizada como hostil punk, proyecta cierta dulzura.
La lucha libre es un espectáculo de apariencias. Se actúa la locura, la rebeldía, el desaforo, y se hace ver como pantomima esa riesgosa coreografía de vuelos, patadas y caídas desde los postes del ring para chocar contra el cuerpo de un compañero que espera el golpe, dos y medio metros debajo.
Lo que es real suele no mostrarse, ni interesa que se vea. La amable camaradería entre quienes son rugientes rivales en la arena es tan conmovedora como mirar a Pequeño Pierroth saludar sonriente a la fanaticada infantil cuando baja ya del ring y quien, sin embargo, tan pronto sale del ojo público, comienza a cojear, tocándose un costado del vientre, lastimado.
Pero la lucha sigue. La función continúa, con estelares como el Hijo del Rey Misterio, Blackfish y Ulysses, entre otros, porque al final vendrá el verdadero Blue Demon Jr., real campeón mundial de peso completo de la National Wrestling Alliance —primer mexicano en la historia que alcanza ese título— a ajustar cuentas con Oliver John, otro atleta auténtico.
Y es verdad también que parte del dinero recaudado en las entradas se destinó a la escuela John O’ Connell, en el barrio de la Misión, en cuyo gimnasio se celebró la función de lucha libre. Tan verdadero todo esto como la ilusión del niño quien, con máscara azul, al final del evento levanta los brazos y grita: "¡Yo soy Blue Demon!"
SAN FRANCISCO.— La lucha no termina. Es cierto. Miren que a Fantástico lo despidió el público con la burlona letanía de "quiere llorar, quiere llorar…", y el hombre, todo de blanco, debió aguantar aquello.
Ya dentro, tras bambalinas, se encontraría otra vez con Rockero del Diablo III, quien acababa de derrotarlo en el ring, y ambos se congratularían de haber salido ilesos de una función más de lucha libre.
"He visto lesiones graves, claro que sí", relató Sparky Ballard, uno de los réferis aquella tarde del 6 de junio. "Durante las luchas he visto una fractura de clavícula y otra más. Ambas las sufrió el mismo luchador; Happy Bone (Hueso feliz), se llamaba. Y no creo que eso haya sido muy feliz", agregó sonriendo, animado por su propio sarcasmo.
Mientras Sparky contaba cómo se enroló en esta moderna juglaría, la lucha, uno de los integrantes del dueto Polyester express, cuyo atuendo esa tarde emulaba aquel traje blanco de John Travolta en Fiebre del Sábado por la Noche, posaba para las cámaras. Entonces todavía faltaban unos 20 minutos para que Fantástico y Rockero del Diablo III salieran a calentar al cotarro, que habría de ser encendido, de inicio, por la falsa derrota de Blue Demon Jr. ante Oliver John.
Los personajes, sus gritos y saltos, los violentos choques contra la lona, la música a todo volumen, el humo para crear ambiente, la rapidez general con que todo pasa —¡menos el inicio de la función!— unen fuerzas en las luchas libres para distraer, para sacar a la razón del área y eso, eso fue lo que aprovechó Oliver John cuando urdió vestir a uno de sus compañeros del trío Border Patrol (La Migra) como Blue Demon Jr., subir con él al ring y derrotarlo sin mayor esfuerzo ante el público atónito.