Uno de nuestros principales defectos es la terquedad. He conocido a personas que no han logrado nada en la vida porque creen tener la razón siempre y piensan que se la saben todas, no aceptan consejos y piensan que esán en lo correcto y los vamos a ver de fracaso en fracaso.
También he conocido a muchas personas que han sido dóciles, han aceptado sus errores, se han corregido, han aprendido, han reconocido que no sabían, se dejaron enseñar y hoy son personas de éxito.
Ante Dios debemos de ser dóciles y dejarnos enseñar por Él, ya que Él nos creó, sabe lo que nos conviene, conoce nuestros corazones. Creó todo cuanto existe, el firmamento, el Sol y las estrellas, pienso que tiene más sabiduría que todos nosotros juntos.
Hace uno años atrás conocí a una persona que pulía esmeraldas y un día me llevó a su taller y me mostró cómo tallaba de una piedra tosca, quedando una esmeralda muy fina, con mucho brillo y de mucho valor, de igual manera el Señor quiere de nosotros que seamos con mucho brillo y de mucho valor, pero para esto tenemos que ser dóciles y permitir que nos enseñe, ponernos en sus manos y que nos pula todo lo malo que tengamos y reconocer su sabiduría y que frente a Él o en sus manos somos de barro e insignificantes.
Vemos por ejemplo la docilidad (humildad) de sus discípulos que habían caminado con Jesucristo le dijeron, "Señor, enséñanos a orar". El Maestro les había enseñado muchas cosas pero en ese momento reconocieron que les faltaba mucho y dependían de Él, que les ayudara; qué importante para nosotros pedirle a nuestro Creador que nos enseñe y nos ayude a tomar una decisión, ser humildes ante su presencia y reconocer que dependemos totalmente de Él.










