El fenómeno de la bioluminiscencia resulta exclusivo de la zona tropical, donde se dan las condiciones idóneas para la vida y reproducción de estos microorganismos unicelulares conocidos como dinoflagelados. Puerto Rico y sus islas vecinas han sido clasificadas como las zonas de mayor concentración y actividad bioluminiscente en el mundo, una maravilla para añadir al placer de conocer Puerto Rico
REPORTAJES/EFE — Una vez frente a la bahía, el escenario se transforma completamente. La vista se concentra en el manglar, un bosque formado de enormes raíces curvas que se levantan entre las aguas mansas y claras, custodiadas por un entramado liviano de ramas verdes. Uno de los ecosistemas más productivos del planeta, el manglar sirve de hábitat para la vida silvestre y marina, mientras contribuye al sostenimiento de cadenas alimenticias y a la purificación del agua.
Al llegar la noche, la bahía se transforma en uno de los espectáculos acuáticos más impresionantes. El bosque apenas se percibe entre la oscuridad. Se pueden avistar cientos de estrellas brillantes en el cielo, mientras la embarcación se abre paso entre las aguas y miles de luciérnagas marinas revolotean, como invitándote a formar parte de su danza mágica.
El fenómeno de la bioluminiscencia resulta exclusivo de la zona tropical, donde se dan las condiciones idóneas para la vida y reproducción de estos microorganismos unicelulares conocidos como dinoflagelados, cuyo nombre científico es Pyrodinium bahamensis. Puerto Rico y sus islas vecinas han sido clasificadas como las zonas de mayor concentración y actividad bioluminiscente en el mundo, fenómeno que ha sido vastamente investigado por biólogos marinos y las ciencias oceánicas.
La bioluminiscencia se ha estudiado también en una variedad de organismos marinos que se manifiestan en oleadas, tales como peces, calamares y camarones que, al igual que los dinoflagelados, son capaces de emitir luz propia para camuflagearse de los depredadores, atraer sus presas y reproducirse, en acoplamientos enormes, entre machos y hembras centelleantes.
Desde el punto de vista científico, “la bioluminiscencia es una reacción química que ocurre ante la presencia de una proteína llamada luciferina, la enzima catalizadora luciferasa, oxígeno molecular y trifosfato de adenosina (ATP)", según la doctora en Ciencias Marinas, Jennie T. Ramírez Mella, catedrática de la Universidad Interamericana de Ponce, Puerto Rico.
El proceso, de acuerdo a la doctora Ramírez Mella, ocurre de la siguiente manera: el oxígeno oxida la luciferina, la luciferasa acelera la reacción y el ATP brinda la energía para que ésta se convierta en una nueva sustancia, luciferina oxidada, donde se libera el exceso de energía en forma de luz. La reacción completa, que no produce calor, toma menos de un milisegundo, y se mantiene mientras el organismo esté excitado o en movimiento.
La luminosidad se concentra en una pequeña zona del animal, que se manifiesta en variantes del verde al azul, destellos que se transmiten mejor a mayor profundidad en el agua. El fenómeno de bioluminiscencia se observa mejor en noches despejadas, sin luna ni lluvia, y donde la concentración de microorganismos exceda el millón de individuos por galón.
Bahías en la isla
La Bahía Fosforescente de La Parguera, en Lajas; la Bahía Puerto Mosquito, en Vieques, y la Bahía Laguna Grande, en Fajardo, son las bahías bioluminiscentes más conocidas de Puerto Rico, y en el mundo, por permanecer estables durante siglos. Además, se ha documentado la presencia de dinoglagelados, en oleadas transitorias, en la Bahía Monsio José, en Lajas; la Laguna Joyuda, en Cabo Rojo; la Bahía de Jobos o Mar Negro, en Isabela y la Bahía Tapón, en Vieques. Todas ellas comparten las características de forma ovalada, salinidad, poca profundidad, y protección del mar abierto. El fondo está compuesto de arcilla, fango y materia orgánica. Las orillas están flanqueadas por franjas de manglar y hacia el fondo se levantan salitrales por la entrada de mareas más altas. Además, estas bahías reúnen una selectiva variedad de especies marinas.
Dado que las costas de la isla de Puerto Rico son muy semejantes en su composición, la comunidad de científicos no descarta que Puerto Rico haya contado en el pasado con otras bahías bioluminiscentes activas en su región, entre la que se mencionan las lagunas San José y El Condado, en San Juan; y las lagunas Torrecillas y Piñones, en Loíza. El desarrollo urbano y hotelero, la tala de mangle, los desechos sólidos, el uso de vehículos de motor y la iluminación artificial figuran entre las causas principales para su desaparición.
Para beneficio de turistas y amantes de la naturaleza, las bahías de Puerto Mosquito, en Vieques; La Parquera, en Lajas y Laguna Grande, en Fajardo, permiten la entrada de visitantes y excursiones, las cuales son avaladas por el Departamento de Recursos Naturales y el Fideicomiso de Conservación. Estas reservas pueden visitarse tanto de día como de noche, para realizar diversas actividades recreativas desde atravesar los canales de mangles en kayacs, navegar en la bahía a bordo de una embarcación especial; bucear con o sin tanque de aire, hacer snorkeling y hasta nadar entre las hermosas aguas luminosas.