Tranvías de dos plantas recorren el norte de la Isla de Hong Kong. (FOTO: EFE
1/3

HONG KONG (EFE).- Hong Kong, la que fuera joya del imperio colonial británico hasta 1997, es una jungla de cemento, de rascacielos de acero y de cristal, pero también un corazón verde, es china, es británica, es ruidosa, destartalada, cultivada, elitista, pobre, casa de los mejores concesionarios y mucho más.

Decir que Hong Kong es un territorio de contrastes pronunciados no es decir mucho tratándose de una ciudad de Asia. Pero siendo una urbe de primer mundo, uno de los principales centros financieros del planeta, junto con Nueva York, Londres y Tokio, el término "contraste" adquiere otra dimensión, una que oscila entre lo cutre y lo mágico.

La región administrativa especial china, que hace 12 años volvió a la "madre patria", recibe al turista con uno de los mejores aeropuertos del mundo, no tanto por su arquitectura como por la sencillez del trazado y la exquisita eficiencia del personal de tierra.

Ya en plena urbe, Hong Kong, budista y taoísta, también abierta a otros credos, uno de los territorios más densamente poblados del mundo (1.104km cuadrados para siete millones de habitantes, que viven en vertical), no defrauda al turista, sea chino, asiático u occidental.

Los enjambres de rótulos luminosos invaden sin miramientos estéticos ni energéticos buena parte de las avenidas y callejuelas de la ciudad. Esa es la antesala a los tres puntos más visitados del Puerto Victoria: Wan Chai, Central y Tsim Sha Tsui. Los dos primeros en el norte de la Isla de Hong Kong, el tercero en Kowloon (parte continental de Hong Kong).

A ambas orillas, o desde altos singulares como el Peak, los visitantes primerizos y veteranos pugnan por obtener la mejor instantánea, trabajo harto difícil dada la bruma o los altos niveles de contaminación ambiental que buena parte del año asedian la ciudad.