Damasco/EFE — Todo el encanto del viejo Damasco ha quedado atrapado en sus mansiones de los siglos XVII y XVIII, que ahora se han convertido en cafés que envuelven al visitante en una atmósfera propia de las Mil y Una Noches.
Cientos de casonas antiguas de la ciudad más antigua del mundo se han convertido en la última década en cafés y restaurantes, que ofrecen algo del esplendor de la ciudad a los turistas y a los mismos habitantes de la capital siria.
En los callejones del Damasco viejo, entre los restos de las murallas antiguas, se ocultan mansiones detrás de pequeñas puertas de madera que obligan al visitante a inclinarse para poder pasar por ellas.
“Para proteger la casa familiar del olvido, decidí convertirla en un café-restaurante”, dijo Raed Yabri, dueño de “Beit Yabri” (casa de Yabri).
Construida en 1737, Beit Yabri, con sus 23 habitaciones, es un ejemplar perfecto de la arquitectura damascena, que no se encuentra en ninguna otra ciudad ni dentro ni fuera de Siria.
Un enorme patio soleado, con una fuente de agua en su centro, da acceso al “liwán”, un cuarto abierto con techo en forma de arco, que debe estar siempre en el sur de la mansión, o por donde no pase el sol, para tener así una temperatura fresca.
Los dormitorios, que ahora funcionan como compartimentos adicionales de los cafés para proporcionar más privacidad, siempre están en el segundo o el tercer piso de la vivienda de forma que se encuentren alejados del ruido.
Y es que en una casa damascena “todo está perfectamente calculado para el confort psicológico total del visitante”, según Yabri.
Hasta el color del suelo, ajedrezado en blanco y negro, es elegido para absorber y expulsar el calor, y así mantener agradable el clima de la casa.
Tampoco faltan nunca los espejos, los naranjos, las terrazas de hierro forjado, las lámparas de cristal coloreado, las paredes de mosaico y los techos de madera de nogal inscritos con poesía árabe para redondear el ambiente.
Ante la dificultad de cuidar estas casas tan grandes, varias familias sirias aristócratas como los Yabri —una familia de poetas, escritores y gobernadores— las abandonaron en el siglo XX y se mudaron a otras viviendas más pequeñas de Damasco.
Ahora, estas casas ofrecen su espacio tanto a sirios como a turistas para que fumen una “narguila” (pipa de agua) o coman un plato damascense típico, con las canciones de la libanesa Fayruz o la egipcia Um Kolsum de fondo.
“Mis abuelos dejaron la casa en 1972 y cuando me ocurrió la idea de convertirla en un café, coloqué treinta sillas y empecé yo mismo a servir la ‘narguila’ a los visitantes”, relató Yabri.
Lo único que le importaba entonces era “traer dinero” para poder restaurar la casa, que preserva hasta el día de hoy sus colores naturales.
Y cuando Beit Yabri empezó a ser frecuentado por sirios que van allí a jugar las cartas mientras fuman una “narguila”, “busqué a expertos en restauración de casas damascenas antiguas para darla una vida nueva”, dijo su propietario.
Por esa mansión también han pasado numerosos actores, cantantes, poetas y políticos de todo el mundo, como el propio presidente sirio, Bachar Al Asad.
No parece mentira lo que cuenta la leyenda sobre el profeta Mahoma, que al observar Damasco desde el monte Casiún, se negó a entrar en la ciudad, ya que consideró que “al Paraíso sólo se accede al morir”.
Y una casa antigua de Damasco tiene algo de paraíso terrenal.









