Fui acosada por primera vez a los 13 años de edad. Dos hombres me siguieron en su camioneta por varias cuadras, vociferando unas vulgaridades de lo que me querían hacer. A los 18, un "piropeador" corrió tras de mí y trató de entrar a mi apartamento a la fuerza.

Mi experiencia no es única: el acoso callejero es un problema diario pero raramente reconocido. Según varias investigaciones citadas por Holly Kearl, autora del importante libro Stop Street Harassment, entre el 80 y 99 porciento de las mujeres han sido objeto de atencion agresiva y no deseada en la calle. Ella encontró que el 75% de mujeres habían sido perseguidas por hombres desconocidos y que el 57% habían sido manoseadas de forma sexual en la calle, algunas cuando tenían tan sólo 10 años de edad.

Esta epidemia tiene consecuencias graves. Investigadores de la Universidad de Connecticut encontraron que "la experiencia del acoso callejero está directamente relacionada con una mayor preocupación acerca de la aparencia física y la vergüenza corporal, y está relacionada indirectamente con un miedo elevado de la violación". En un país donde una de cada tres mujeres es víctima del asalto sexual, estos temores no son infundados.

Desafortunadamente, el coqueto de la vecindad no se da cuenta de lo que provoca. Recientemente, un joven ciclista me persiguió sin cesar. Cuando le exigí que me dejara en paz, el quedó sorprendido y hasta apenado, como si nunca se le hubiese ocurrido que no me gustaría ser cazada de noche por un extraño. Aunque muchos no tengan malas intenciones, no se ponen en el lugar de la mujer.

A pesar de que toca casi todas las mujeres, el acoso callejero en base al género no se considera un problema social como, por ejemplo, el acoso con motivos raciales lo es. Muchos piensan que las mujeres deben disfrutar de los piropos.



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