Todos en Nueva York se acuerdan del caso de la trotadora de Central Park. Todos recuerdan que cinco adolescentes fueron condenados por el ataque brutal y la violación de una joven mujer que trotaba sola una noche en 1989. Pero no todos recuerdan que esos adolescentes fueron condenados erróneamente y que después de una década en prisión, fueron exonerados por una prueba de ADN.

Yo era uno de esos adolescentes. Tenía 15 años y estaba con mis amigos como de costumbre. Esa noche, estuvimos en el lugar equivocado a la hora equivocada.

Después del ataque brutal de la mujer, la policía nos interrogó toda la noche. Estaba cansado, confundido, y finalmente confesé en haber estado involucrado en el ataque. Quería que la interrogación terminara y estaba pensando en lo que pasaría si yo no le dijera a la policía lo que ellos querían escuchar. No sabía que nuestras confesiones serían presentadas como evidencia porque éstas eran diferentes a la hora, ubicación, y participantes de la violación.

Estuve encarcelado por 15 años antes de ser exonerado. Estos días, cuando comparto mi historia con personas, casi siempre me preguntan si estoy enojado. Estaría mintiendo si dijera que a veces, no estoy enojado por el tiempo que perdí y nunca podré recuperar. Pero más que nada, estoy enojado porque no se ha hecho lo suficiente para corregir nuestro sistema de justicia criminal para que mi historia no le pase a otra gente.

Mi caso y el de 23 otras exoneraciones de ADN en Nueva York revelan problemas serios con el sistema de justicia criminal.

Ahora mismo, el gobernador David Paterson y líderes de la Legislatura Estatal están considerando reformas que podrán prevenir convicciones erróneas. Tendrían que pasar un paquete de legislación que haga más fácil que los prisioneros demuestren su inocencia, mejoren el procedimiento de testigos y requieran que las interrogaciones sean grabadas.