Por años, el primer domingo de noviembre se celebra la Maratón de Nueva York —una tradición en la Gran Manzana. Aún recuerdo los días de ver a los participantes salir del Parque Central envueltos en sus mantas térmicas, algunos aún caminando como si nada, otros que apenas podían tomar un paso más; todos habían recorrido la distancia de 26.2 millas por los cinco condados de la ciudad. En todos esos corredores, yo siempre observaba una cosa en común —sus miradas llenas de satisfacción y orgullo al mostrar la medalla alrededor de sus cuellos. Yo siempre decía “algún día ésa seré yo, un día correré esa distancia, un día correré Nueva York”.

Ha llegado ese día. Una vez más la ciu- dad recibe a los casi 40,000 corredores que están registrados para correr la maratón hoy y entre ellos y por quinto año consecutivo, yo formaré parte de ese grupo.

Tomé un paso concreto hacia mi meta en abril de 2004, cuando participé en la maratón de Nueva Jersey. Corrí para recaudar fondos y ayudar a encontrarle cura al cáncer. No hay nada mejor que correr por una causa y por esa razón, formé parte del Team in Training - The Leukemia & Lymphoma Society. Correr una larga distancia fue una de las cosas más difíciles que he hecho, pero al llegar a la meta final, todo el dolor se me olvidó.

Por fin, pude sentir lo que palpaba en los corredores que había observado salir del parque central en años anteriores. Aún no sé cómo poner en palabras esos momentos tan especiales, el orgullo que uno siente —lo más que se puede decir que es como si estuviera flotando entre nubes.