Aunque hay quienes que estarían en desacuerdo con la reacción inicial del gobierno de presidente George W. Bush a los ataques del 11 de septiembre - la destrucción de las bases de Al Qaeda en Afganistán - pronto se hizo evidente que resolver la cantidad de problemas de Afganistán requiere mucho más que la eliminación de campamentos de entrenamiento para terroristas.
Los talibanes, que tomaron control de país después de la invasión soviética y de una brutal guerra civil, impusieron una estructura de gobierno rígida que reprimía el progreso económico, incluso la prestación de servicios básicos como educación, agua y electricidad. El país quedó desgarrado por la guerra, la mayoría de los afganos quedaron traumatizados y, a pesar que los esfuerzos internacionales son bienvenidos, ellos le temen a otra intervención militar, incluso si esto significa progreso.
El problema con la respuesta actual tiene dos partes. No sólo es dominante, la estrategia no es exhaustiva, es occidental y es una impuesta. A la mayoría de los afganos que les tocó vivir la invasión rusa, los talibanes y los últimos disturbios, no se les consultó sobre cómo se debe iniciar el progreso y mucho menos cómo culminarlo.
Las organizaciones de ayuda llegaron por montones. Se construyeron bases militares en capital y lo más notable, la comunidad internacional se dividió y la cooperación entre ellas fue mínima, si es que la hubo. Muchos de los trabajadores que auxilian apenas si pueden ir más allá de las fronteras controladas, de allí que el desarrollo se hace casi imposible.
Siete años más tarde, el progreso de Afganistán es mínimo, el país es más peligroso cada día, y el gobierno central es débil y disfuncional.
El año pasado estuve seis meses en el país, y es evidente que la situación se está deteriorando rápidamente. La guerra está a punto de perderse; los afganos están asustados, y los militares calculan que los ataques de las zonas tribales de Pakistán han aumentado en un 40%.
Presidente-electo Obama tiene que pensar más allá de la guerra.
Con Irak los EE.UU. aprendieron la lección a las malas. Después de cinco años de lucha sin fin contra la insurgencia, los militares encontraron que plantar a civiles especialistas que conocen el idioma y comprenden la cultura el pueblo iraquí les ha ayudado a controlar la violencia. Los civiles ayudaron a los equipos a entender, analizar y, finalmente, aprender a trabajar con las tribus y los líderes de distrito a fin de que los líderes iraquíes pudieran, a la larga, asumir la responsabilidad de la seguridad en su comunidad.
El jefe de las fuerzas de EE.UU., el general David McKiernan, dijo que la estabilización de Afganistán exige mucho más que soldados. Dijo específicamente que, "los esfuerzos tienen que incluir el fortalecimiento del gobierno afgano, la mejora de la economía y la creación de fuerzas militares y policiales afganas".
Sugiero ir un paso más allá: responsabilizar a los auxiliadores y a sus homólogos afganos, o detener el flujo de la ayuda internacional. Hay demasiados expatriados haciendo el trabajo de los afganos (ordenándoles que hagan esto o aquello) y, a después se van. Nadie escucha y no se está logrando mucho.
En cuanto a lo militar, hay que eliminar las grandes bases en Kabul. La guerra es en el sur, por lo que hay que sentar campamento allí, no en las principales ciudades.
Se dice que el enviado británico, Sir Sherard Cowper-Coles, le dijo a sus homólogos franceses que, "la presencia - en especial la presencia militar - de la coalición es parte del problema, no de la solución." (The London Times, 1 de octubre del 2008). Muchos afganos opinan lo mismo.
Asimismo, el occidente debe dejar de pagarle a otros para que luchen sus batallas, incluyendo a miembros de tribus en Pakistán. El escenario mercenario de dividir para conquistar ya ha producido tres jefes de guerra responsables de gran parte de la violencia actual (Mohammed Omar, Gulbuddin Hekmatyar y Jalaluddin Haqqani).
Hace poco, el presidente Hamid Karzai anunció que reanudará conversaciones de paz con los talibanes. Señaló que, después de todo, los talibanes son afganos y que no se pueden quedar fuera del proceso. El próximo presidente de EE.UU. tiene que seguir ese ejemplo. No se puede llevar la paz o la estabilidad a un país sin la participación de la población. La paz y la estabilidad no pueden ser dictadas o impuestas por extranjeros. La historia del Afganistán de expulsar a los invasores nos enseña esto. El cambio forzoso no puede ser en el pasado y que no lo será ahora, éste sólo causará más violencia en la región y en nuestro futuro.
Patricia DeGennaro es profesora asociada de asuntos globales de la Universidad de Nueva York. Este año, trabajó en el desarrollo de politicas sociales en la Oficina del Presidente de Afganistán.