Aunque hay quienes que estarían en desacuerdo con la reacción inicial del gobierno de presidente George W. Bush a los ataques del 11 de septiembre - la destrucción de las bases de Al Qaeda en Afganistán - pronto se hizo evidente que resolver la cantidad de problemas de Afganistán requiere mucho más que la eliminación de campamentos de entrenamiento para terroristas.

Los talibanes, que tomaron control de país después de la invasión soviética y de una brutal guerra civil, impusieron una estructura de gobierno rígida que reprimía el progreso económico, incluso la prestación de servicios básicos como educación, agua y electricidad. El país quedó desgarrado por la guerra, la mayoría de los afganos quedaron traumatizados y, a pesar que los esfuerzos internacionales son bienvenidos, ellos le temen a otra intervención militar, incluso si esto significa progreso.

El problema con la respuesta actual tiene dos partes. No sólo es dominante, la estrategia no es exhaustiva, es occidental y es una impuesta. A la mayoría de los afganos que les tocó vivir la invasión rusa, los talibanes y los últimos disturbios, no se les consultó sobre cómo se debe iniciar el progreso y mucho menos cómo culminarlo.

Las organizaciones de ayuda llegaron por montones. Se construyeron bases militares en capital y lo más notable, la comunidad internacional se dividió y la cooperación entre ellas fue mínima, si es que la hubo. Muchos de los trabajadores que auxilian apenas si pueden ir más allá de las fronteras controladas, de allí que el desarrollo se hace casi imposible.

Siete años más tarde, el progreso de Afganistán es mínimo, el país es más peligroso cada día, y el gobierno central es débil y disfuncional.