Kirsten Gillibrand. Foto: AP 
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nueva york/edlp — Mañana se espera una gran oportunidad política. Los oficiales electos latinos del estado de Nueva York se reunirán, a puerta cerrada, para sostener un franco intercambio de opiniones sobre inmigración con la recién nombrada senadora, Kirsten Gillibrand.

Ellos tienen la obligación de actuar con valentía, unidos, a nombre de los millones de familias de Nueva York. Es una oportunidad que no debe desperdiciarse.

Cientos de miles de ciudadanos estadounidenses se ven obligados a vivir a la sombra porque tienen pánico que sus familias se vean desintegradas por la deportación. La inmigración no se trata de, como dicen los xenófobos, los que saltan cercas, quitan empleos y no tienen nexos con la sociedad. Por el contrario, la difícil situación de los indocumentados está ligada inextricablemente a la de millones de ciudadanos a través de lazos familiares, amor, amistad, trabajo, servicio militar y deber cívico.

Cada vez que una redada de inmigración rapta a niños estadounidenses del seno familiar de padres indocumentados, destruye una familia. Cuando personas que se aman no se pueden casar porque no tienen sus papeles en regla, los EE.UU. se debilitan. Y siempre que una víctima de crimen —de una violación o de un robo— teme acudir a la policía por temor a ser deportado, el país sufre.

Muchos (aunque no todos) de estos ciudadanos estadounidenses, bajas colaterales de la actual, insensible y punitiva aplicación de una rígida política de inmigración, son hispanos.

Esto es lo que nuestros representantes electos tienen que hacerle ver a Gillibrand. Tienen historias de sus constituyentes para ilustrar el punto que son familias y comunidades lo que está en juego. Necesitamos un nuevo enfoque de inmigración que sea racional y humano y que se base en los siguientes pilares: