Todos conocemos a alguien como Marcelo Lucero - un inmigrante, trabajador, que enviaba dinero a su casa para ayudar a su familia en Ecuador, que soñaba con regresar al país que dejó pero que se acostumbró y asentó en una nación que se ha beneficiado de las generaciones de hombres y mujeres trabajadores como él.
Con la pandilla de jóvenes que salieron a cazar “un mexicano”, Lucero lo perdió todo. Como se informó, lo rodearon y uno de ellos lo mató el pasado sábado en Patchogue, Long Island.
El ataque sucedió a tiempo que se inicia otro juicio de otro crimen motivado por prejuicios raciales. En el verano, una pandilla atacó a otro inmigrante, Luis Ramírez, en Shenandoah, Pensilvania. Apenas el mes pasado el FBI informó que esa peligrosa tendencia continúa _ desde el 2003 los crímenes de odio contra latinos han aumentado en un 40%. De todos los crímenes de prejuicio contra etnicidad y nacionalidad, el 62% se cometen contra latinos.
Esas estadísticas tal vez no reflejan la magnitud de estos crímenes. El Southern Poverty Law Center dice que es poco probable que los inmigrantes indocumentados reporten un crimen de prejuicio racial.
En el condado de Suffolk, donde fue atacado Lucero, Steve Levy dio a conocer un plan de cinco puntos para promover la tolerancia en las comunidades y las escuelas. Pero el punto que Levy y otros no captan es que los crímenes de prejuicio racial no suceden porque sí. En los últimos años, el debate de inmigración ha sido hostil, han aumentado la cantidad de ciudadanos que toman la ley en sus propias manos, cientos de municipios han establecido ordenanzas para perseguir a inmigrantes indocumentados y animadores de radio arengan a la xenofobia.







