Cuando yo vivía en los Estados Unidos, era una parte de esa realidad de cautiverio. No pude ni ver a mi padre durante 10 años. No hubo un solo día en que yo no temía que mi padre iba a fallecer sin yo haber poderlo visto una última vez. Yo sé que hay millones que comparten ese dolor.

Si, conocemos muy bien el dolor de la separación. Pero también conocemos a nuestra fe y nuestras tradiciones. Cuando no aceptamos el papel de víctimas, cuando nos levantamos para defender a nuestra humanidad, entonces nos estamos apoyando en nuestras tradiciones y nuestra fe. Eso nos sostiene, para que podamos superar al dolor de la separación por medios de los lazos espirituales que nos unen.

La realidad de la política en los Estados Unidos deja claro que nos queda una ventanilla de oportunidad para arreglar a las leyes rotas de inmigración y acabar con la separación legal de las familias, comunidades e iglesias. Todavía vamos a encontrarnos dispersados entre varios países, pero podremos viajar y comunicar y vivir fuera de las sombras de temor y degradación.

Aquella ventanilla se abre en enero y cierra en marzo. En aquellos meses se debatirán las leyes de inmigración en el Congreso y, o se van a arreglar o se nos van a dejar en la temible situación de injusticia que ya existe.

Me doy cuenta que muchos se encuentran desanimados. Yo se que nos sentimos traicionados por Obama y los demócratas. Pero aun así, nuestra tradición y nuestra fe prometen victoria sobre la separación y la muerte.