Colombia y los EE.UU. acaban de firmar un acuerdo que le da a los norteamericanos acceso a varias bases militares en el país andino. El presidente venezolano Hugo Chávez fulminó de forma esperada, declarando que el acuerdo es otro paso hacia la invasión de su país.
Casi nunca concuerdo con Chávez. Pero es posible que su pronóstico de guerra sea razonable, aunque por razones erróneas.
Chávez esta convencido de que hay una campaña secreta para derrotar a su régimen y a su revolución bolivariana. Dudo que exista tal campaña.
Lo que no dudo es que hay en la región andina varias dinámicas que crean un coctel inflamable que fácilmente podría causar un enfrentamiento militar muy serio.
Y es porque a las nuevas bases en Colombia hay que agregar las sospechas de que Chávez está proveyendo armas a la guerrilla en Colombia; al conflicto limítrofe entre Colombia y Ecuador, que casi se convierte en enfrentamiento bélico el año pasado; al problema perenne del narcotráfico, un conflicto que no respeta las fronteras nacionales; a la posibilidad de que Venezuela quiere exportar uranio a Irán, quizás para armas nucleares; y al ritmo acelerado al que varios países latinoamericanos están procurando armas en el mercado internacional.
Chávez y sus acólitos insisten en explicar estos variados hechos con una sola referencia – a la influencia malévola del imperio americano que hay que resistir, hasta con fuerza militar si es necesario.
Pero no hay que ser paranoico para temer la posibilidad de un conflicto militar. Si hay guerra en los Andes, será por accidente. Ningún líder quiere guerra, con los costos que conlleva, pero ninguno quiere ser percibido como débil. Por lo tanto, cada uno toma pasos para amenazar al otro, seguro de que puede contener las consecuencias de sus amenazas.
Un día uno de estos pasos causará una reacción que no se podrá contener, resultando en un conflicto militar idiótico, sin propósito, pero también trágico.
Un día uno de estos pasos causará una reacción que no se podrá contener, resultando en un conflicto militar idiótico, sin propósito, pero también trágico.