Abuela Lolita,
Al pie de un tobogán, yo esperaba entonces a Lolita Irene, tu bisnieta de cuatro años, cuando sonó el teléfono que trajo la noticia de tu muerte. Eran las 10:07 de la mañana. Caminé hasta un banco y me senté con la idea de que cuando había despertado esa misma mañana, tú estabas viva. Ya no lo estabas más. No pude reunir a esas dos personas en mi pensamiento.
Tú. Allí estabas, en ese recorte de periódico amarillento que mi madre había pegado dentro de su armario. Tú. Allí estabas en 1954, frente al Capitolio de los Estados Unidos, esposada, con la mirada perdida, de pie, con dos policías que, para escoltarte, te halaban los brazos hacia atrás. Tú. Allí estabas, en primer plano, tu mejilla contra la de tu hija, en una de sus visitas a la Alderson’s Women’s Prison. Tú. Allí estabas, en 1977, poniéndole un rosario sobre el ataúd. Me envolviste en una bandera de Puerto Rico y me posaste sobre tu falda, poco antes de que los agentes federales te devolviesen a tu celda.
Tú. Allí estabas, a los sesenta años, duchándote en tu apartamento de San Juan, después de veinticinco años de encarcelamiento. Mientras, yo te esperaba en el pasillo y leía tus poemas. Tenía trece años. Tú. Me felicitabas por mi decisión de estudiar ciencias políticas en la universidad. También me colgabas el teléfono cuando te hablaba del libro que quería escribir. Me decías que el movimiento nunca me lo perdonaría. Te suplicaba que reconocieras que al ser tu única nieta, yo también era parte de tu familia. Al infierno con el movimiento. Declarabas entonces que el pueblo de Puerto Rico era tu familia y que tú misma eras el movimiento.
Tú. Allí estabas, en mi boda, en el 2003, después de una década de silencio entre nosotras. Ofrecías el brindis afirmando que la lucha por la independencia de una nación era ardua, que los revolucionarios sufrían, que sus familias también sufrían, que tú habías perdido a un hijo y a una hija a causa de ella, que yo había perdido a mi madre a causa de ella, pero que todos teníamos algo que celebrar en ese momento en que mis lágrimas al fin se habían secado. Tú. Allí estabas, con la mano temblorosa extendida, apuntando hacia mí. Yo. Todavía envuelta en llanto, deseando que no hablases más.
Cuando Loretta y Lolita me llamaron desde sus bicicletas, listas para seguir sus juegos, vi que Loretta se encontraba lejos, que se hallaba otra vez en tu cama. Era un día del año 2005. Decías que se parecía mucho a mi madre y le dabas la bienvenida a su piel más canela, más oscura. Levanté en ese momento a Loretta para mostrártela por la ventana del carro y tú levantaste la mano para posarla en tu corazón y decirnos adiós. Fue la última vez que te vimos.
Repetidas veces me he refugiado tras tus actos de resistencia y rebelión a lo largo de mi vida. A veces ha sido simplemente para amortiguar mi pena, otras, para explicarme ese mismo dolor, para identificarlo como el precio a pagar cuando un pueblo construye un mito. Sin embargo, es ahora, justo cuando te has ido, que al fin he podido ver más claramente cada una de las maneras en que al marcar mi vida la has redimido.
Nunca es recto el camino que lleva de una gran pérdida al consuelo de la recuperación. Éste implica en muchas ocasiones una caricia en un buen momento, aunque ese momento se haya dado hace ya veinte años. Pero más que nada, me parece que rehacerse requiere de una historia, de narrarse el relato correcto. La historia de tu compromiso intachable con la independencia de un país —se esté de acuerdo o no con la lucha armada como manera para lograrla— y la historia de tu propia supervivencia, le ofrecieron pruebas concretas a mi corazón maduro de lo que es la fuerza, de lo que es la verdadera resistencia de una mujer. A pesar de haberme abandonado casi completamente a la depresión y a la automutilación en esos años terribles, me consta que pude salir a flote de ellas gracias en gran parte a esas certezas que me revelaste. Tus actos fueron todos un grito de autodeterminación. Tu historia creció en mí para nutrir mi humanidad. Tu historia me expuso a una suerte de precepto socrático que me llevó a reflexionar analíticamente acerca de nuestra condición humana. Tu historia me permitió al fin verme como un ser ligado a todos los demás seres con lazos de inquietud.
Hasta cierto punto fuiste la armadura épica de esa educación liberal que recibí y que hizo de mí una ciudadana del mundo, un ser cuyas penas, cuyas obsesiones y payasadas no representaban realmente nada ante las grandes y duras realidades de la humanidad. Tu historia me permitió conectarme con los demás, me arrancó de mi sueño o más bien de mi animación suspendida para minar de una vez mi aislamiento. Ahora sé que fue precisamente este legado intenso el que me ayudó primero a buscar terapia y luego a soportarla, el mismo que me enseñó a poner fin a mis relaciones tóxicas para realizar mi sueño de un día ser madre, pero una madre sin trauma, sin neurosis.
La noche después de tu entierro, me quedé mirando un retrato en el que estabas tú con Loretta sentada sobre tu falda. La pena al fin se había topado conmigo. "¿Quién es?", preguntó la pequeña Lolita, uniéndose a Loretta, que sentada sobre mis piernas observaba atenta mis lágrimas. "Es Lolita Lebrón", le respondí. "Es la madre de mi madre, lo que quiere decir que es tu bisabuela". A sus cuatro años Lolita preguntó "¿Es la que es como Chico Mendes, verdad mamá? Tú nos explicaste eso en la escuela". "Y la que es como Juana de Arco", murmuró Loretta. "Sí", les respondí, "es como ellos, y ser heroico es algo muy difícil. Cuando se decide tener una vida heroica no se puede tener nada más, ni siquiera una familia. Ella quiso ser una heroína para poder dar, o tal vez para poder soñar que les daba algo a los demás".
Hasta hace poco, yo me habría tragado esas palabras como un falso premio de consolación, como una muletilla hecha de cobardía para poder idealizar y disfrazar de romanticismo lo que es en realidad tremendamente doloroso. Pero ya no hago esto. Al perder a mi madre y ahora al perderte a ti, mis hermanos Ildefonso y José, Loretta, Lolita y yo nos hemos convertido en la única conexión viva que existe con un linaje que nunca hemos podido comprender en su totalidad.