Las hijas de Irene Vilar, Loretta (atrás) y Lolita. Cortesia
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Abuela Lolita,

Al pie de un tobogán, yo esperaba entonces a Lolita Irene, tu bisnieta de cuatro años, cuando sonó el teléfono que trajo la noticia de tu muerte. Eran las 10:07 de la mañana. Caminé hasta un banco y me senté con la idea de que cuando había despertado esa misma mañana, tú estabas viva. Ya no lo estabas más. No pude reunir a esas dos personas en mi pensamiento.

Tú. Allí estabas, en ese recorte de periódico amarillento que mi madre había pegado dentro de su armario. Tú. Allí estabas en 1954, frente al Capitolio de los Estados Unidos, esposada, con la mirada perdida, de pie, con dos policías que, para escoltarte, te halaban los brazos hacia atrás. Tú. Allí estabas, en primer plano, tu mejilla contra la de tu hija, en una de sus visitas a la Alderson’s Women’s Prison. Tú. Allí estabas, en 1977, poniéndole un rosario sobre el ataúd. Me envolviste en una bandera de Puerto Rico y me posaste sobre tu falda, poco antes de que los agentes federales te devolviesen a tu celda.

Tú. Allí estabas, a los sesenta años, duchándote en tu apartamento de San Juan, después de veinticinco años de encarcelamiento. Mientras, yo te esperaba en el pasillo y leía tus poemas. Tenía trece años. Tú. Me felicitabas por mi decisión de estudiar ciencias políticas en la universidad. También me colgabas el teléfono cuando te hablaba del libro que quería escribir. Me decías que el movimiento nunca me lo perdonaría. Te suplicaba que reconocieras que al ser tu única nieta, yo también era parte de tu familia. Al infierno con el movimiento. Declarabas entonces que el pueblo de Puerto Rico era tu familia y que tú misma eras el movimiento.