En poco más de año y medio, la gestión del presidente Obama ha pasado de la audacia de la esperanza al fracaso de la desesperanza. Los norteamericanos estamos hoy más preocupados que nunca por un asunto: la economía. Es en ese terreno donde Obama ha fallado estrepitosamente, no sólo ya por la multiplicación a la enésima del déficit federal sino también por su error en creer que la llamada “reforma” sanitaria iba a agradar a la ciudadanía.

En estos días pasados, el 71% de los votantes de Missouri, un estado independiente en cuanto a su voto, rechazó una parte clave de dicha reforma, enviando así un mensaje claro a la Casa Blanca y al Congreso sobre su insatisfacción ante el intervencionismo gubernamental. Tan alto nivel de desaprobación popular refuerza aquel otro rechazo que Obama sufrió también el pasado enero en el estado de Massachusetts, al elegir a un senador republicano que se oponía abiertamente a dicha reforma y para un puesto senatorial ocupado durante varias décadas por Ted Kennedy, ferviente proponente del Obamacare.

El 71% de insatisfacción en Missouri es paradigma del descontento general entre el pueblo norteamericano y la pérdida de confianza de éste ante las políticas económicas de Obama y el Congreso liderado por sus escuderos demócratas, Harry Reid y Nancy Pelosi. Faltos de buenas noticias en la economía y preocupados por la agenda política de Obama, los norteamericanos miran ya a noviembre como la oportunidad de lanzar su voz en las elecciones intermedias.

Entretanto, los datos económicos del mes de julio no han hecho más que corroborar el error del cacareado “verano de la recuperación económica”, en palabras del Secretario del Tesoro, Tim Geithner. En julio seguimos con el índice de desempleo al 9,5%, y con una pérdida de 131.000 puestos de trabajo sólo en el último mes. Atrás y desvanecidas ya quedan aquellas falsas promesas de Obama y su equipo en cuanto a que aprobando el paquete de “estímulo” económico no sobrepasaríamos el 8% de desempleo.