Más de un millón de manifestantes marcharon, corearon y expresaron sus reivindicaciones en más de 100 ciudades en todas las regiones de los Estados Unidos el primero de mayo. El Congresista Luis Gutiérrez, junto con varios religiosos y dirigentes comunales, fue arrestado en el contexto de un plantón frente la Casa Blanca. En México, pudimos dirigirnos a decenas de millones acerca de la ley racista en Arizona, y luego tres mil personas rodearon a la embajada estadounidense para exigir la legalización.
¿Acaso el presidente Obama entendió nuestro mensaje?
La comunidad inmigrante y latina, junto con nuestros aliados como el reverendo Jesse Jackson, expresaron su ira con el presidente Obama en una forma bien clara. Es cierto que la ley escandalosa en Arizona, que autoriza que los comisarios y policías a nivel local desaten una ola de “perfilamiento” racial, es el producto de los líderes del partido republicano en aquel estado. Aun así, nuestra comunidad entera ha dado un permiso a los reaccionarios en Arizona de hacer lo que han hecho.
Ese permiso se dio cuando la administración de Obama aumentó el número de deportaciones en su primer año en comparación con el último año de Bush. Se dio cuando se aumentó el número de cuerpos municipales de policía participando en los programas 287 g y “Comunidades Seguras”, que involucra a los policías municipales en la ejecución de las leyes federales de inmigración. El presidente estimuló al racismo en Arizona cuando cambió de idea y anuncio que “ningún extranjero ilegal [utilizó esa palabra]” iba a beneficiar de su reforma sanitaria.
Pero lo más importante es que el presidente ha dado una licencia al escándalo en Arizona porque haber incumplido su promesa a la comunidad latina de promover una reforma migratoria en sus primeros 100 días en poder.
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