Los norteamericanos asistimos en estos días al desenlace final de la mal llamada “reforma” sanitaria. A un lado está el Congreso de mayoría demócrata y el presidente Obama, decididos a aprobar esta confusa ley como sea. Al otro lado está la mayoría ciudadana que la rechaza por considerarla nociva para el pueblo de Estados Unidos. Se trata de un nefasto proyecto legislativo sobre la sanidad que, tras miles de páginas y versiones, no cuenta con el pueblo, ni se elabora por parte del pueblo, ni se hace realmente para el pueblo.
Esta ley que Obama quiere aprobar unilateralmente cambiará para siempre la fisonomía de la sanidad para los individuos y nuestras familias ignorando, además, la voluntad de la mayoría. Según una reciente encuesta de Rasmussen Reports, el 57% de los votantes asegura que la ley dañará seriamente la economía norteamericana. La misma agencia prueba que sólo el 20% de norteamericanos apoya totalmente este proyecto sanitario. En otra encuesta realizada por Public Opinion Strategies para el “Center for Health Transformation” el porcentaje de apoyo total sólo llega al 18%.
De aprobarse esta ley, políticos sin experiencia médica en Washington serán quienes dicten todo lo que los médicos tienen que diagnosticar, recetar y cobrar, además de la atención que el paciente puede o no recibir. Washington ya intervino los bancos, luego las compañías automovilísticas y ahora busca controlar la sanidad, que es la sexta parte de la economía estadounidense. Obama quiere crear un sistema progresivamente público y convertir esta nación de la libertad en otra socialdemocracia al fracasado estilo europeo, hoy en bancarrota.
Tanto el Congreso como la Casa Blanca continúan ignorando la voluntad y el deseo expreso del pueblo estadounidense. Todos estamos a favor de una reforma que realmente ayude a los ciudadanos, que reestructure el código fiscal, que nos permita adquirir pólizas de seguros de acuerdo con nuestras posibilidades y necesidades y que incluya una verdadera atención a las personas. Lamentablemente, esta ley de la sanidad no tiene nada de eso, sino todo lo contrario: busca poner al Gran Gobierno en el centro controlador de nuestras vidas y hasta de nuestra salud.
Estados Unidos es una democracia representativa donde los políticos son elegidos para representar, escuchar y servir al pueblo. Abraham Lincoln ya habló de su patria como una nación bajo Dios que tendrá un renacer de la libertad y un gobierno “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Esta ley sanitaria que Obama busca aprobar quiebra todo eso y pone patas arriba la base misma de la libertad que ha hecho grande a este país y a sus habitantes. Antes de que sea demasiado tarde, es urgente contactar directamente a nuestros representantes en el Congreso para exigirles que escuchen nuestra voz y no voten a favor de esa ley.
Los norteamericanos asistimos en estos días al desenlace final de la mal llamada “reforma” sanitaria. A un lado está el Congreso de mayoría demócrata y el presidente Obama, decididos a aprobar esta confusa ley como sea. Al otro lado está la mayoría ciudadana que la rechaza por considerarla nociva para el pueblo de Estados Unidos. Se trata de un nefasto proyecto legislativo sobre la sanidad que, tras miles de páginas y versiones, no cuenta con el pueblo, ni se elabora por parte del pueblo, ni se hace realmente para el pueblo.
Esta ley que Obama quiere aprobar unilateralmente cambiará para siempre la fisonomía de la sanidad para los individuos y nuestras familias ignorando, además, la voluntad de la mayoría. Según una reciente encuesta de Rasmussen Reports, el 57% de los votantes asegura que la ley dañará seriamente la economía norteamericana. La misma agencia prueba que sólo el 20% de norteamericanos apoya totalmente este proyecto sanitario. En otra encuesta realizada por Public Opinion Strategies para el “Center for Health Transformation” el porcentaje de apoyo total sólo llega al 18%.
De aprobarse esta ley, políticos sin experiencia médica en Washington serán quienes dicten todo lo que los médicos tienen que diagnosticar, recetar y cobrar, además de la atención que el paciente puede o no recibir. Washington ya intervino los bancos, luego las compañías automovilísticas y ahora busca controlar la sanidad, que es la sexta parte de la economía estadounidense. Obama quiere crear un sistema progresivamente público y convertir esta nación de la libertad en otra socialdemocracia al fracasado estilo europeo, hoy en bancarrota.
Tanto el Congreso como la Casa Blanca continúan ignorando la voluntad y el deseo expreso del pueblo estadounidense. Todos estamos a favor de una reforma que realmente ayude a los ciudadanos, que reestructure el código fiscal, que nos permita adquirir pólizas de seguros de acuerdo con nuestras posibilidades y necesidades y que incluya una verdadera atención a las personas. Lamentablemente, esta ley de la sanidad no tiene nada de eso, sino todo lo contrario: busca poner al Gran Gobierno en el centro controlador de nuestras vidas y hasta de nuestra salud.