Leí hace poco un libro estimable: The Union of Our Dreams (Bloosmbury, 2009) de la periodista Miriam Pawel, basado en una serie de reportajes que Pawel hizo para The Los Ángeles Times. El volumen trata sobre ocho personas que participaron activamente en el sindicato de trabajadores agricultores, conocido por el acrónimo UFW, que dirigió el activista chicano César Chávez (1997-1993).

En las últimas décadas Chávez, un ícono que la gente relaciona—para bien o para mal—con el Movimiento Chicano de los sesenta en adelante, que aspira al mismo tamaño de inmortalidad del reverendo Martin Luther King Jr., ha sido coronado con un sospechoso halo de santidad, como si Chávez no hubiese sido un hombre de carne y hueso sino un mesías. Pawel, juiciosamente, lo baja de ese pedestal. Describe la atmósfera de bancarrota ideológica y desfalco financiero que imperó en el UFW en los ochenta y describe a Chávez como una suerte de caudillo.

A nadie sorprenderá que en un principio la respuesta de la Fundación Cesar E. Chavez dedicada a salvaguardar la posteridad del ícono haya atacado a Pawel de mentirosa y que después la organización haya optado por la reticencia, confiando que el mejor antídoto al escándalo es el silencio.

Dolores Huerta, que colaboró como líder sindical con Chávez, dijo en un noticiero de Univisión que, en esencia, Pawel no tiene por qué meter la cuchara en sopa ajena. En los círculos progresistas The Union of Our Dreams ha sido recibido con los brazos abiertos, aunque sólo en el Suroeste, donde una gama diversa de periódicos lo ha reseñado.

La atención prestada en el Noreste es casi nula, lo que confirma una vez más que la ‘intelligentsia’ del país, concibe la época de los Derechos Civiles como un período con dos características incuestionables: propio del Sur y perteneciente a los negros.