El domingo, 2 de agosto, fue la Fiesta de Nuestra Señora Reina de los Ángeles. Fue la celebración de la Madre de Dios. Esta mujer luchadora que como nadie reconoció las maravillas que Dios había realizado en su vida. Ella es la que proclama a grandes voces “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me llamarán dichosa" (Lc. 1, 46-48).

Este cántico que leemos en el Evangelio de Lucas reconoce a la Reina de los Ángeles como la Bienaventurada Virgen María. Fue ella que según la tradición católica subió en cuerpo y alma a el cielo. Ella ayudada por los ángeles asciende a los cielos y desde entonces se llama La Reina de los Ángeles. Este dogma, la Asunción de la Virgen a los cielos lo celebramos en el Cuarto Misterio Glorioso del Santo Rosario y luego en el Quinto Misterio Glorioso celebramos La Coronación de la Santísima Virgen María como Reina y Madre de todo lo creado. Nosotros como católicos creemos que la Virgen María es Reina de cielos y tierra.

Este año, el 2 de agosto fue un domingo y como católicos se lo dedicamos a Nuestro Creador por conmemorar su resurrección el primer día de la semana. El domingo es día de obligación donde los católicos asistimos a misa para conmemorar la muerte y resurrección de Nuestro Salvador. Por lo tanto dejamos la celebración de Nuestra Reina a un lado y celebramos el día de su hijo, Jesús. En el calendario católico estábamos celebrando el Décimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario. El Tiempo Ordinario es un tiempo de esperanza. Las lecturas del domingo nos enseñaron que Dios cuida de nuestras necesidades corporales y espirituales. Y su presencia esta en nuestro pueblo.