A los hechos históricos se los juzga mejor a la distancia, cuando el ojo puede apreciar el lienzo completo. Pero teniendo en cuenta la confusión que rodea a la caída del Muro de Berlín, lo que llama la atención del vigésimo aniversario de los sucesos del 9 de noviembre de 1989 no es cuánto sino qué poco tiempo ha pasado para países que aún sufren el totalitarismo.

Muchas personas, jóvenes o venerables, adoptan frente a aquellas jornadas una actitud displicente. Se oyen expresiones como "destinada a suceder", "aplastada por su propio peso", "implosión" o "insostenible" en referencia al fin del imperio soviético, simbolizado en el anuncio, aquel fatídico día, de Günter Schabowski, burócrata germano oriental encargado de la propaganda, de que los berlineses del Este eran libres de cruzar al otro lado. Pero no había nada inevitable respecto del Muro de Berlín. En ese momento, la línea dura todavía controlaba Checoslovaquia, Rumanía y, por supuesto, la propia Alemania Oriental. Es cierto: Mijail Gorbachov había generado una onda expansiva a lo largo del imperio con su “perestroika” y su "glasnost", y había emitido señales a los gobiernos comunistas de que ya no podían depender de la intervención de Moscú. Pero las fuerzas reaccionarias eran poderosas incluso dentro de la URSS, como lo demostró el golpe de Estado contra Gorbachov dos años más tarde. Una asonada que probablemente habría tenido éxito si Boris Yeltsin no lo hubiese desafiado con tanta pugnacidad.

Es cierto que el imperio soviético era un fracaso económico. Pero siempre lo había sido: la Unión Soviética había sobrevivido gracias a un Estado policial casi perfecto y una maquinaria militar que absorbía la cuarta parte de la producción económica. Esas estructuras podrían haber seguido suprimiendo cualquier forma de descontento popular si no fuera porque ciertos actores se negaron a actuar de ese modo en los momentos clave. Por otra parte, Alemania Oriental era menos atrasada que la Unión Soviética. Los responsables del 9 de noviembre de 1989 fueron personas comunes y no tan comunes que tomaron decisiones conscientes y aprovecharon circunstancias que ciertos dirigentes contribuyeron a moldear. La historia no los hizo a ellos, son ellos los que hicieron historia.