La violencia doméstica no es algo nuevo o un fenómeno nuevo; desafortunadamente ha existido por muchas generaciones y culturas. Pero tan común como es la violencia doméstica, lo que es igual de común es el silencio que le acompaña y le protege. Este es el silencio de padres que con mucho dolor ignoran el abuso de una hija por vergüenza o falta de poder; o el silencio de un vecino que oye los llantos del apartamento de al lado y racionaliza no llamar a las autoridades justificando justificando al decir “este no es mi problema”. La verdad es que la violencia doméstica es un problema de todos nosotros. Y no ofreciendo ayuda a las víctimas o educando nuestros hijos que la violencia doméstica es inaceptable.
Un breve análisis de los números sobre la violencia doméstica nos revela una situación que solo se puede describir como una crisis para las mujeres de Nueva York y sus familias. Actualmente, hay más de medio millón de actos de violencia doméstica reportado en el estado de Nueva York cada año. Las estadísticas nos demuestran que 1 de cada 4 mujeres van a pasar por algún tipo de abuso físico en el transcurso de sus vidas. Dos de cada 5 mujeres que mueren en nuestra ciudad son asesinadas por sus esposos.
Lo peor de esta situación es que las víctimas son doblemente victimizadas por instituciones financieras quienes explican que los divorcios se reflejan pobremente en los puntajes de créditos, o las compañías de seguro médico quienes pueden negar cubrimiento por que la violencia doméstica puede ser interpretada como una condición pre-existente. A esto se le suma la vergüenza y temor asociado con personas que admiten que han sido abusadas y por ende entendemos porque muchas mujeres se quedan con sus abusadores, muchas veces arriesgando su bienestar físico y psicológico, y la de sus familias.
En la comunidad latina en particular, una gran cantidad de mujeres aguantan los más asombrosos niveles de violencia y abuso por razones culturales las cuales tienen que ver con pensamientos de traición, honor familiar, y los derechos del machismo, los cuales le hacen imposible de escapar.
La reciente convicción del Senador del Estado de Nueva York Hiram Monserrate por cometer un asalto a su novia –los cuales fueron captados espantosamente por una cámara de seguridad y difundido a todas partes del mundo – nos provee una oportunidad de romper este tabú que encubre la violencia doméstica. Monserrate fue electo para apoyar y defender las leyes del Estado de Nueva York y ser un líder ejemplar. Ahora ha perdido su derecho de pedirnos cualquier tipo de apoyo.
Para los neoyorquinos decente y en especial para los Latinos, la convicción de Monserrate nos presenta una oportunidad que no podemos despreciar. Tenemos que decidir si queremos ser cómplices de estos abusadores o si en realidad tenemos el valor en vez de ofrecer apoyo y soporte a las abusadas. Creo que la decisión esta clara.
La violencia doméstica no es algo nuevo o un fenómeno nuevo; desafortunadamente ha existido por muchas generaciones y culturas. Pero tan común como es la violencia doméstica, lo que es igual de común es el silencio que le acompaña y le protege. Este es el silencio de padres que con mucho dolor ignoran el abuso de una hija por vergüenza o falta de poder; o el silencio de un vecino que oye los llantos del apartamento de al lado y racionaliza no llamar a las autoridades justificando justificando al decir “este no es mi problema”. La verdad es que la violencia doméstica es un problema de todos nosotros. Y no ofreciendo ayuda a las víctimas o educando nuestros hijos que la violencia doméstica es inaceptable.
Un breve análisis de los números sobre la violencia doméstica nos revela una situación que solo se puede describir como una crisis para las mujeres de Nueva York y sus familias. Actualmente, hay más de medio millón de actos de violencia doméstica reportado en el estado de Nueva York cada año. Las estadísticas nos demuestran que 1 de cada 4 mujeres van a pasar por algún tipo de abuso físico en el transcurso de sus vidas. Dos de cada 5 mujeres que mueren en nuestra ciudad son asesinadas por sus esposos.
Lo peor de esta situación es que las víctimas son doblemente victimizadas por instituciones financieras quienes explican que los divorcios se reflejan pobremente en los puntajes de créditos, o las compañías de seguro médico quienes pueden negar cubrimiento por que la violencia doméstica puede ser interpretada como una condición pre-existente. A esto se le suma la vergüenza y temor asociado con personas que admiten que han sido abusadas y por ende entendemos porque muchas mujeres se quedan con sus abusadores, muchas veces arriesgando su bienestar físico y psicológico, y la de sus familias.