El primer domingo de noviembre siempre es un día espléndido en Nueva York, aunque haga frío o llueva. Ese domingo es cuando se celebra el Maratón y miles de corredores de todas partes del mundo pasan por la esquina de mi casa, agotados y sudorosos.
Antes no me perdía el evento y me paraba en la esquina de la 116 y Primera Avenida con los demás vecinos a darle ánimo a los corredores. A ese punto de la carrera lo necesitan.
Todavía tienen que cruzar el puente de Willis Avenue y entrar al Bronx y volver a salir hacia Manhattan para terminar en el Parque Central—si es que logran llegar a la meta final.
Sabíamos de cual país venían por sus camisetas y eso inspiraba exhortaciones particulares. Recuerdo el año en que un corredor catalán, un hombre algo mayor y muy flaco, pasó casi arrastrándose del cansancio. Mi amiga Rita, que había estudiado en Barcelona, reconoció la camiseta amarilla y roja y le gritó “Viva Catalunya lleure!” que en catalán quiere decir viva Cataluña libre. El corredor moribundo buscó de donde venía la voz, sonrió y partió con renovada energía hacia el Bronx.
Esta anécdota es un buen ejemplo de la importancia de saber otros idiomas: alentar a los corredores de larga distancia que pasan por nuestra puerta.
Unos años atrás dejé de pararme en la esquina. Ya los corredores no usaban camisetas que identificaban su lugar de origen. -- todos llevaban logos de las corporaciones auspiciadoras de la carrera. La verdad es que no era nada divertido vitorear a Reebok o Coors o Bank of America.







