Destaca entre nuestras tradiciones el “Día de los Muertos”. Con nuestros altares caseros vamos más allá de simplemente recordar a los que pasaron al otro mundo antes de nosotros. Convivimos con ellos. No aceptamos separarnos de ellos.
En nuestra fe, aquella fe que se hizo parte de nuestras vidas cuando la Virgen de Guadalupe apareció a Juan Diego como una dama hermosa de piel oscura y rasgos de nuestra raza, también recibimos la promesa que la separación por la muerte puede ser derrotada.
Siempre hay quienes se burlan de nuestra fe y la tratan de minar. En lugar de nuestra hermosa unidad colocan el pavor, tratando de convertir a los muertos en demonios, y, al hacerlo, convirtiéndonos a nosotros en un especie de demonios también.
Nosotros la gente del sur – de México, Guatemala, El Salvador, la República Dominicana, Haití y demás – conocemos el dolor de la separación. A nuestras patrias las convirtieron en economías dependientes por medio del proceso de la colonización, y siguen siendo débiles por la dependencia injusta bajo el poder de los Estados Unidos. Por razón de esto, millones de nosotros hemos sido forzados de aceptar la invitación – oficial y extraoficial – de ir a trabajar en el norte como mano de obra barata, para poder apoyar a nuestras familias.
Mi propio estado de Michoacán envía más de sus hijos e hijas a trabajar en los Estados Unidos que cualquier otro estado de la república mexicana. Se ha convertido en toda una manera de vivir. En los Estados Unidos hemos creado familias y comunidades nuevas que hoy en día consisten en varias generaciones de ciudadanos estadounidenses.
Cuando yo vivía en los Estados Unidos, era una parte de esa realidad de cautiverio. No pude ni ver a mi padre durante 10 años. No hubo un solo día en que yo no temía que mi padre iba a fallecer sin yo haber poderlo visto una última vez. Yo sé que hay millones que comparten ese dolor.
Si, conocemos muy bien el dolor de la separación. Pero también conocemos a nuestra fe y nuestras tradiciones. Cuando no aceptamos el papel de víctimas, cuando nos levantamos para defender a nuestra humanidad, entonces nos estamos apoyando en nuestras tradiciones y nuestra fe. Eso nos sostiene, para que podamos superar al dolor de la separación por medios de los lazos espirituales que nos unen.
La realidad de la política en los Estados Unidos deja claro que nos queda una ventanilla de oportunidad para arreglar a las leyes rotas de inmigración y acabar con la separación legal de las familias, comunidades e iglesias. Todavía vamos a encontrarnos dispersados entre varios países, pero podremos viajar y comunicar y vivir fuera de las sombras de temor y degradación.
Aquella ventanilla se abre en enero y cierra en marzo. En aquellos meses se debatirán las leyes de inmigración en el Congreso y, o se van a arreglar o se nos van a dejar en la temible situación de injusticia que ya existe.
Me doy cuenta que muchos se encuentran desanimados. Yo se que nos sentimos traicionados por Obama y los demócratas. Pero aun así, nuestra tradición y nuestra fe prometen victoria sobre la separación y la muerte.
Debemos prepararnos para movilizar en mayores números que jamás hemos logrado en los meses de enero, febrero y marzo. Vamos a estar movilizando la gente en México y Centroamérica y la región caribeña con ustedes también. Ya llega el momento de acabar con la separación y aceptar la victoria que Dios nos ofrece.