Destaca entre nuestras tradiciones el “Día de los Muertos”. Con nuestros altares caseros vamos más allá de simplemente recordar a los que pasaron al otro mundo antes de nosotros. Convivimos con ellos. No aceptamos separarnos de ellos.

En nuestra fe, aquella fe que se hizo parte de nuestras vidas cuando la Virgen de Guadalupe apareció a Juan Diego como una dama hermosa de piel oscura y rasgos de nuestra raza, también recibimos la promesa que la separación por la muerte puede ser derrotada.

Siempre hay quienes se burlan de nuestra fe y la tratan de minar. En lugar de nuestra hermosa unidad colocan el pavor, tratando de convertir a los muertos en demonios, y, al hacerlo, convirtiéndonos a nosotros en un especie de demonios también.

Nosotros la gente del sur – de México, Guatemala, El Salvador, la República Dominicana, Haití y demás – conocemos el dolor de la separación. A nuestras patrias las convirtieron en economías dependientes por medio del proceso de la colonización, y siguen siendo débiles por la dependencia injusta bajo el poder de los Estados Unidos. Por razón de esto, millones de nosotros hemos sido forzados de aceptar la invitación – oficial y extraoficial – de ir a trabajar en el norte como mano de obra barata, para poder apoyar a nuestras familias.

Mi propio estado de Michoacán envía más de sus hijos e hijas a trabajar en los Estados Unidos que cualquier otro estado de la república mexicana. Se ha convertido en toda una manera de vivir. En los Estados Unidos hemos creado familias y comunidades nuevas que hoy en día consisten en varias generaciones de ciudadanos estadounidenses.