La transformación Jacksónica del cutis de Sammy Sosa revela más las actitudes de nuestra sociedad que las del pelotero dominicano a quien no lo dejaban entrar a ciertas fiestas por ser más oscuro que una bolsa de papel. En sus propias palabras, Sammy sólo quiso “arreglarse el cutis” y “lucir bien”.

Es demasiado fácil juzgarlo y burlarnos de él. Lo difícil—especialmente para programas como “Primer Impacto”—es francamente examinar la mentalidad colonial y las condiciones sociales que lo condujo desde un principio a blanquearse la piel, desrizarse el pelo y ponerse lentes de contacto verdes (y ni mencionemos su elección de esposa).

El no quererse identificar con el negro va mano en mano con el quererse identificar con el que históricamente ha tenido el poder económico. Si el asiático fuera tal potencia, no dudo de que mucha gente se sometiera a cirugías remove-párpados. No vale imitar al que sufre los efectos de un legato como la esclavitud. Es más, internalizamos el racismo en vez de identificarnos con “los de abajo”. Sammy sólo expone (claro, de manera exagerada) lo que muchos harían si tuvieran los recursos: las cremas blanqueadoras existen porque hay demanda.

Mejor debe ser escándalo el hecho de que en Brasil, donde aún se encuentra la mayor población de negros fuera del continente africano, el brasileño negro brega con la discriminación, la pobreza, y la falta de servicios de educación y de salud. Debe ser escándalo la forma en que el haitiano en la República Dominicana vive una existencia igualmente injusta. La lista sigue mundialmente…

Si vamos a criticar a Sammy, critiquemos también a los muchos que nos desrizamos o nos teñimos de rubio o nos sometemos a cirugía cosmética. Critiquemos los programas de televisión que poco reflejan nuestros rostros (más le valió a “Primer Impacto” asignarle la entrevista con Sammy a Tony Dandrades).