Mi mamá siempre decía que las mujeres nacimos para sufrir. De chica, a mi me parecía una frase telenovelesca, anticuada y cómica, tal vez porque ella la utilizaba para cualquier ocasión, sin importar lo trivial que pudiera ser, restándole así gran parte de su gravedad bíblica.
Pero cada día me doy más y más cuenta de que Doña Lola tenía razón: las mujeres nacimos para sufrir porque somos prisioneras de nuestra capacidad reproductiva. Estamos atadas a nuestras entrepiernas.
Wanda Sykes, la genial comediante afro-americana, lo expresa magistralmente en un monólogo donde da rienda suelta a su fantasía sobre lo libre que serían las mujeres si la vagina fuera desmontable, una especie de artefacto quitaipón que se pueda guardar en una gaveta cuando no la necesitamos. Así podríamos, dice ella, ir jogging al parque a cualquier hora de la noche sin temor a ser violadas. “La dejé en casa. Sorry”, es todo lo que habría que decirle, sin dejar de correr, al presunto atacante quien tendría que conformarse con el iPod.
Pero bueno, eso es ciencia ficción para desternillarse de la risa. La realidad es que esa codiciada y problemática parte de nuestra anatomía es inseparable de nuestro cuerpo y alma y todo el mundo, desde líderes religiosos hasta políticos en busca de ser re-electos, insisten en decirnos qué hacer con el maldito aparato.
El sábado pasado, cuando al fin la Cámara de Representantes aprobó su versión de la ley de reforma al sistema de salud, las mujeres se quedaron con poco que celebrar. A última hora se agregó una enmienda que prohíbe a las compañías de seguro ofrecer cobertura para los abortos si quieren participar en el programa de “opción pública”.






