Estuve en Chile hace algunas semanas. Fui a conocer las casas del poeta y escritor chileno Pablo Neruda, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971.
La casa tiene un papel central en la literatura latinoamericano. Pienso en Cien años de soledad y en su copia La casa de los espíritus, en los cuentos “Casa tomada” y “El Aleph”, en las novelas de María Luis Bombal, Rosario Ferré y Laura Esquivel. Y, claro, en la poesía de Pablo Neruda.
Uno de mis poemas favoritos es “Explico algunas cosas”. Neruda lo escribió durante la Guerra Civil Española. Describe en el la destrucción de una casa en Madrid donde sus amigos escritores venían a visitarlo. Simbólicamente, la caída de su casa es también el derrumbe de España.
A pesar de ser un poeta itinerante (vivió en Asia, Europa y América Latina, y viajó por todo el mundo), Neruda dedicó su energía a varias casas. Tres de ellas sobreviven y son museos: una está en Isla negra, otra en Valparaíso, y una más en Santiago.
Decir que las tres son singulares es un eufemismo. Cada una tiene un estilo e idiosincrasia distintas. La de Isla Negra es la más famosa. Esta al lado del mar. Neruda la llenó de artefactos marítimos: conchas, brújulas, mapas, remos… Al cruzar la puerta, uno entra en otra dimensión: todo es una reliquia, todo es un juego. La poesía está escrita en las paredes y los techos, en las piedras y en las anclas. Allí mismo está la tumba del poeta, que vigila el lugar.
La casa en Santiago es la sede de la Fundación Neruda, donde hay una biblioteca cuantiosa con todos los libros que tenía el poeta al final de su vida. (Donó muchos la una universidad pero se arrepintió y volvió a hacer una colección). Asimismo, están todas las traducciones de Neruda a otros idiomas.
La tercera casa, en Valparaíso, está en una montaña que mira al mar. Sus escaleras son laberínticas.
Las tres me hicieron pensar en Alicia en el País de las Maravillas. Creo que la durabilidad de Neruda estriba en su ingenuidad. Era, en el fondo, un niño con una curiosidad infinita. La política lo hizo crecer pero no del todo. Hasta el final siguió creyendo que este mundo inclemente tiene remedio.
tiene la catedra Lewis-Sebring en Amherst College.istavans@amherst.edu







