“Tócame la retirada, perlas challay/ una para despedirme, perlas challay/ y otra para volver pronto, perlas challay”. —Huayno
La noticia viajó con el sonido de la quena y cruzó el río Harlem, también se oyó a través del Hudson y todos los andinos de Nueva Jersey lo escucharon, así como en El Bronx, Brooklyn, Queens y Yonkers. Al fin todo Nueva York se enteró de la muerte de Arturo Flores, y las zampoñas callaron de dolor.
La magia del ‘chasqui cibernético’ llevó la noticia, y tanto en Pallasca, su tierra natal, Cusco, Huaraz y Lima recibieron el impacto de que al virtuoso quenista, la nostalgia de los Andes lo había despertado el pasado martes 21 y salió veloz a comprar una tarjeta que lo comunicara con su madre, pero encontró su destino al cruzar raudo una luz roja y el golpe del vehículo lo alcanzó y le hizo volar a la eternidad.
Los que cruzaron por donde está la funeraria en Corona contarán seguramente sobre el extraño rito del "ayar taki", el canto de la muerte, que protagonizaron docenas de músicos, tocando charangos, zampoñas, quenas, guitarras y otros instrumentos para despedir al maestro Flores, a quien le habían vestido con su traje tradicional. Así lo habría querido él, tan orgulloso de su raza. Bolivianos, peruanos, ecuatorianos, chilenos le cantaron Adiós Pueblo de Ayacucho, y el dolor se hizo profundo, pero cuando interpretaron "Vasija de barro" ya nadie pudo contener el llanto.
Y es que Arturo, a sus 35 años, estaba lleno de proyectos. Acababa de regresar del Perú, donde había grabado su último álbum, trayendo cañas para armar sus famosas quenas y zampoñas que le pedían desde diferentes partes de Estados Unidos. Dicen que las armaba con la paciencia de un orfebre para que cada hoyo tuviera un sonido perfecto.






