Situada entre los estados de Baja California y Baja California Sur, Guerrero Negro es una localidad de entre quince y veinte mil habitantes conocida por su industria salinera, de la que vive más de la mitad de la población.
El resto de sus habitantes se sustenta de la pesca y del turismo que generan las ballenas que pasan cada temporada, entre septiembre y marzo, por la Laguna Ojo de Liebre alrededor de la cual se sitúa el pueblo.
Guerrero Negro fue declarado por el gobierno mexicano santuario de la ballena gris y cada año pasan por sus costas cerca del millar de este tipo de cetáceos, calificados como la ballena amigable, ya que se acercan a las lanchas de los turistas e incluso se dejan acariciar.
Unos diez mil visitantes acuden cada año a la laguna Ojo de Liebre para disfrutar de este espectáculo, indicó a Efe Luis Enrique Achoy, el propietario de una de las empresas que gestiona estas visitas, EcoTours Malarrimo.
“Hace diez años la gente no le daba mucha importancia a las ballenas, pero ahora sí, porque se han dado cuenta de que son un gran negocio”, apuntó.
“Si hay una crisis afecta a casi todos”, ya que más de 500 familias viven de ello y "este año se está reduciendo el número de visitantes", aseguró.
La ballena amistosa
La ballena gris llega a México en los meses de septiembre u octubre procedente de los mares asiáticos de Bering y Chukchi en la que es la ruta migratoria más larga que cualquier mamífero del planeta realiza, ya que recorren un total de 20,000 kilómetros a una velocidad de 145 kilómetros al día.
Entran en las bahías mexicanas y suelen quedarse para aparearse o parir a sus crías, hasta que en febrero o marzo inician de nuevo su viaje hacia el norte.
Como dato curioso, la experta en cetáceos destacó que la ballena gris es relativamente pequeña (aunque puede medir de nueve a quince metros de largo y pesar hasta 35 toneladas) y se distingue de otras en que no tiene aleta dorsal y en que son muy confiadas con los humanos, hasta el punto de ser conocida como la “ballena amistosa”.
Actualmente, destacó la doctora, hay aproximadamente 25,000 ballenas grises en el mundo, concentradas en la zona del pacífico noreste.
En cuanto al futuro de estos animales, López se mostró bastante confiada y aseguró que, aunque hay que tener cuidado y mantener en buen estado sus zonas de crianza y alimentación, la población mundial de este cetáceo no está disminuyendo, por lo que consideró su mañana bastante prometedor.
Debemos cuidarlas
Según explicó a Efe la maestra en Ciencias por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y experta en cetáceos, Irelia López, los principales peligros a los que se enfrentan las ballenas están relacionados con la degradación del hábitat provocada por los seres humanos, que hacen que las bahías mexicanas no cumplan las condiciones más adecuadas para aparearse y tener a sus crías.
Según sus datos, la cifra de ballenas que visitan Baja California se situó en la temporada 2006-07 entre los 900 y los 1,300 ejemplares, mientras que los cálculos anteriores situaban las llegadas en unos 3,000 animales cada temporada.
Entre los factores que las perjudican, destacó la construcción hotelera en las costas, que aumenta el tráfico marítimo e incrementa los contaminantes del agua y el ruido, alejando a los cetáceos.
También son preocupantes, según explicó, las consecuencias del cambio climático, ya que el aumento de temperatura del agua hace que las ballenas no entren en las bahías. Asimismo, la experta alertó del peligro que supone para la salud de las ballenas un tipo de señalización luminosa que utilizan los narcotraficantes, compuesta por cianuro, para marcar los paquetes de droga que dejan a lo largo de la costa.
“Cuando las ballenas toman aire respiran el cianuro y éste hace que merme su salud, por lo que pueden dejar de venir”, apuntó.
Baja California es un estado fronterizo con Estados Unidos por el que transita una de las rutas más importantes utilizadas por los narcotraficantes para hacer llegar la droga a ese país.
La experta destacó otros problemas que afectan a este animal como el peligro de quedar varadas en las redes de pesca y los derrames de petróleo que dejan contaminado el fondo marino, donde la ballena gris obtiene su alimento.