Nueva York/especial para edlp
— Tras muchos vaivenes e indecisiones, y luego de causarle a mis padres un infinito dolor de cabeza, por fin, a los veinte y tantos años, tras brincar de San Juan a Nueva York, a Madrid y luego a Washington, DC., casi siempre sin rumbo ni propósito definido, decidí abrirme camino en La Gran Manzana.Después de todo mi tía favorita, Titi Pat, vivía en Washington Heights, en el 539 West de la 179 Street, para ser exactos.
Allí había pasado mis vacaciones de verano e invierno durante mi niñez y adolescencia. Junto a ella conocí y aprendí a amar a Nueva York, claro está, siempre con el toque de su guiso boricua.
Pero esta vez, en abril de 1980, estaba por mi cuenta. Llegué al Kennedy, en plena huelga del transporte público, con dos maletas enormes, una llena de ropa, libros y diccionarios, y la otra repleta de café Yaucono y Rioja.
Mi nostalgia por la comida boricua casera la apaciguaba en casa de Titi Pat, que siempre me enviaba de regreso a mi pequeño refugio con una bolsita repleta de sus guisos.
Que conste que yo no cocinaba en esa época, no sabía ni freír un huevo ni tenía dónde freírlo. Vivía en un estudio en el Village, sin cocina, con apenas espacio para tirarme a dormir cada noche, la mayoría de las veces con hambre o al menos, con ansias de algo que me recordara a Puerto Rico.
Mi suerte cambió cuando, caminando un día por la octava avenida, descubrí un pequeño restaurante boricua a la altura de la calle 15: La taza de oro.
Para mí fue como encontrar un pedazo de mi isla, una buena taza de café con leche como Dios manda, arroz, habichuelas, carne guisada, pasteles, masitas de puercos, guineitos en escabeche, cabrito en fricasé, flan de coco, platanitos dulces, batido de mango, y todo con acento boricua, entre un ¡Ay bendito! y un ¡Apúrate nene!. ¡Estaba a salvo!
Con el tiempo, fui conociendo otros restaurantes puertorriqueños donde satisfacer mi apetito y apaciguar mi nostalgia, sitios que se han convertido en parte de la historia del Puerto Rico en Nueva York, como son Old San Juan y Casa Adela en Loisaida.
Y allí lo mismo te encontrabas, y te encuentras, a una estrella musical como Danny Rivera, que a familias enteras que llegaban de todos lados a comer mofongo o alcapurrias.
Y es que la comida es un vínculo sensorial que transforma o despierta nuestros lazos afectivos, es la casa de nuestros padres, es el recuperar nuestra memoria y lo que en gran parte nos define, nos sitúa y nos da un sentido de autenticidad en el presente.
Los años pasaron y mi vida en Nueva York fue cambiando al ritmo indetenible de esta ciudad.
Entré al mundo de las telecomunicaciones, viajé más que nunca antes, descubriendo otras ciudades, otros sabores.
Titi Pat murió y junto a mi pena por su pérdida, estaba mi frustración por no haber prestado más atención a sus secretos culinarios, aunque su amor por la cocina, descubrí con el tiempo, yo lo llevo dentro.
Tras 20 años en el periodismo televisivo, en 2005 tuve una revelación muy personal, sentí que debía seguir esa pasión por la cocina que llevaba escondida en mi interior.
Descubrí que el arte culinario no era tan sólo aprender a preparar un guiso o seguir instrucciones de una receta, sino implicaba también conocer los secretos de otras culturas, de otros pueblos, entrar en un mundo infinito de posibilidades que a su vez, me acercaba más a mis raíces.
Recientemente estuve de visita en Casa Adela, en Loisaida. Quería entrevistar a la legendaria Adela para un programa especial de Telemundo sobre El Desfile Puertorriqueño.
Allí estaba ella, a sus 74 años, sirviendo a su clientela, a quienes llama y con razón “Las Naciones Unidas”. Un irlandés a mi lado me invitaba a que probara las alcapurrias mientras trataba de explicarme lo que eran. ¡Como si yo no supiera!
El rostro de Nueva York va cambiando. En El Barrio junto a un anuncio de cuchifritos, hay una bandera mexicana; Loisaida de barrio humilde es hoy el residencial de moda de artistas y yuppies.
Pero el sabor boricua sigue dejando su huella indeleble en esta ciudad. Su influencia ha alcanzado hasta los más grandes chef franceses, como Eric Ripert, quien dice que en la Isla del Encanto encuentra gran inspiración para sus platos.
Lo que no cambia es el ansia por todo aquello que nos recuerde a nuestro Borinquen: sus sabores, su folclore.
Y si alguien lo duda, que se asome por la Quinta Avenida este domingo 8 de junio y verá a miles de personas deleitándose de buena comida mientras bailan al ritmo de plena y ondean con orgullo nuestra bandera.
Sí, señores, me refiero a nuestra gran fiesta, nuestro tradicional Desfile Puertorriqueño.









