Ataques contra jornaleros quedan en el anonimato por miedo a denunciar
PLAINFIELD, Nueva Jersey — La serie de ataques contra hispanos —que según varias versiones data desde hace una década— ha convertido a esta ciudad de Nueva Jersey en una zona de peligro para trabajadores, especialmente jornaleros.
La situación de los latinos residentes en esta localidad, ubicada en el condado Union, empeora ante el silencio de las víctimas, que tienen miedo a denunciar los casos porque son indocumentados.
En lo que va corrido de este año, apenas cuatro personas han notificado a la policía haber sido golpeadas por grupos de jóvenes afroamericanos, quienes les profirieron insultos de tipo racial mientras se ensañaban salvajemente contra ellos.
Pero esta cifra no refleja la realidad. En los últimos dos meses, un total 10 personas le aseguraron a este rotativo haber sido golpeadas, insultadas y en algunos casos asaltadas por afroamericanos.
“No quiero que la policía me pregunte por una identificación que no tengo”, aseguró un jornalero guatemalteco que se identificó como Joselo.
“Hace dos semanas me golpearon tres jóvenes afroamericanos en el pecho, pero me pude escapar”, relató en tono de alivio Joselo, de 23 años. “Es el mismo grupito de morenos que andan por la avenida Plainfield robándonos a los jornaleros, porque saben que cargamos dinero en efectivo”, sostuvo.
Carmen Salavarrieta, de la organización Ángeles en Acción, dedicada a ayudar a víctimas golpeadas desde hace más de 15 años, indicó que el problema que siempre ha habido es el de la barrera del idioma. “A las víctimas hispanas generalmente las interroga un policía que no habla español, por lo que el testimonio no puede ser tomado de forma veraz. Esto se viene repitiendo a través de los años”, indicó.
“Lamentablemente no existen cifras oficiales de estos ataques”, dijo Salavarrieta. “Sencillamente porque por años han venido a mi organización al rehusarse en ir a la policía por miedo a su estatus de indocumentados y el temor que sienten de que los uniformados los denuncien a inmigración”, aseguró.
Fernando Gutiérrez, un jornalero guatemalteco de 35 años y que vive desde hace nueve en Plainfield, confesó que prefiere no salir después de las 6 de la tarde para evitar ser golpeado.
“Ya me golpearon una vez en el 2005 y perdí todos mis dientes”, recordó. “Pero a mi no me golpearon morenos, mis atacantes fueron centroamericanos”, denunció.
Gutiérrez asegura que la situación ha empeorado. “Sé de muchos casos en que mis compañeros van a denunciar que los han robado o golpeado y la policía les pide una identificación, se asustan porque no tienen una y la mayoría de los casos se mantienen en el anonimato”.
No los denuncian por temor a que el remedio sea peor que la enfermedad. “No tienen papeles y si van a la policía, no hablan inglés, muchos piensan que los afroamericanos son legales, hablan inglés y se pueden defender”, afirmó Josefina Fernández, propietaria, por 15 años, de un negocio de contabilidad en la zona.
El director de Seguridad Pública de Plainfield, Martin Hellwig, ha dicho en repetidas ocasiones que su oficina se mantiene abierta para escuchar denuncias de la comunidad latina. “Lamentablemente, si no vienen a denunciar dichas anomalías, es imposible darle una solución”, sostuvo.
El reverendo Zechariah Jackson, de la Iglesia What Happening Now en Plainfield, indicó que la comunidad afroamericana, por ser un grupo establecido desde hace muchas generaciones, “se siente amenazado por el grupo recién llegado como lo es el latino, creyendo además que les van a quitar sus trabajos”.
“Estas fricciones vienen de años. La comunidad latina empezó a llegar en cantidades considerables desde 1985 y los roces han ido en aumento”, dijo Jackson. “No creo que las autoridades locales puedan hacer mucho para unir a estas dos comunidades, como pastor de la iglesia pienso que somos nosotros, las iglesias, las organizaciones comunitarias y los padres, los que debemos enseñar a nuestros hijos y unirlos para que esto se detenga”, señaló.
Norman E. Ortega, presidente de la Comisión de Asuntos Latinos de la municipalidad de Plainfield, enfatizó que el departamento de policía nunca ha sido accesible para una persona hispano parlante. “Tampoco existe una ley clara que diga que la policía no tiene que contactar a inmigración y menos cuando es la víctima la que está haciendo la denuncia”, anotó.
Oscar Romero, un salvadoreño de 59 años, vivió en carne propia la dureza del odio, cuando fue salvajemente golpeado con un bate por un grupo de jóvenes afro americanos, la noche del 10 de junio del 2004. A raíz de dicho ataque la mitad de su cuerpo quedó paralizado y perdió la visión de uno de sus ojos.
“Aun es duro vivir esta realidad de no poder volver a trabajar”, afirmó Romero, que se dedica hoy a defender los derechos de los jornaleros.
En conexión con este caso fueron acusados y convictos tres afros americanos, que actualmente pagan una condena de 15 años de prisión por agresión agravada.
El 16 de junio del 2004 el entonces jefe de la policía de Plainfield, Edward Santiago, admitió a EL DIARIO-LA PRENSA que entre los meses de marzo a mayo de ese año, se reportaron al menos 27 casos de hispanos golpeados y robados. Esos casos no fueron clasificados como ataques raciales, porque se prefirió considerar al hurto como el móvil del delito.
Debido a la trascendencia que habían alcanzado los hechos de violencia contra los hispanos, ese mismo mes de junio del 2004, un grupo de Ángeles Guardianes se desplazó a patrullar las calles de Plainfield y North Plainfield, de donde se retiraron a finales del año, cuando regresó una calma aparente al lugar.
Amy Gottlieb, directora del Servicio de Amigos Americanos en Newark, dijo que cuando una víctima acude a la policía a denunciar, se le debería proveer un intérprete, así mismo “la uniformada debería empezar a abrir un diálogo con la comunidad inmigrante en general”.
Orby Hernández, dueña de un negocio dedicado a organizar eventos, sostuvo que los ataques continúan en aumento y en su local escucha numerosos casos “pero las víctimas solo lo denuncian cuando los llevan medio muertos al hospital. La gente debe romper el miedo a hablar y es de la única manera que el problema se va a detener”.
maria.loboguerrero@eldiariony.com