Ramona Ortiz revisa los papeles de la última de las cinco refinanciaciones de la hipoteca que la familia hizo entre el 2003 y el 2007. Eva Sanchis/EDLP
1/4
Crisis de hipotecas acaba con  la  riqueza de generaciones  de hispanos en  Brooklyn

Parte I de III
Eva Sanchis/EDLP
Nueva York – En el que ha sido el hogar de  su familia desde 1972, Ramona Ortiz, de  46 años, busca entre sus facturas acu muladas en una gran bolsa negra una  explicación a cómo están a punto de  perderlo.
“Sinceramente, nunca revisé bien los  papeles y quién sabe lo que habrá allí”,  confiesa Ortiz, mirando con desconfian za un montón de documentos relacio nados con las hipotecas realizadas por la  familia en los últimos años.
Esa bolsa negra esconde una amarga  realidad: en 1998, el padre de Ramona,  José Dolores Ortiz, había pagado com pletamente los $21,750 que costó la casa  de tres pisos del 931 de la Avenida  Bushwick. Hoy, debe unos $330,000 por  esa misma casa.
Durante los últimos once meses, Jo sé, de 78 años, un ex trabajador puer torriqueño de una compañía de relojes  que cobra una pensión de $950, no ha  podido pagar la hipoteca mensual de  unos $1,684. Ahora podría perder la casa  en la que vivió su mujer hasta su muerte  y en la que nacieron sus cuatro nietos,  dos de los cuales aún viven con él.
“Mi padre trabajó toda su vida”, in cluso después de jubilarse, asegura Or tiz, quien creció en la casa. “Mis padres  pagaban sus cuentas siempre a tiempo,  pagaban la hipoteca con tres o cuatro  meses de antelación... Esto es algo nue vo”, se lamenta Ortiz. “Yo no sabía lo que  era una hipoteca hasta que empezamos  con esto”, apunta.
Ortiz asegura que todo comenzó  cuando su padre decidió volver a hi potecar la casa en el 2001, para ayudarle  a pagar una deuda de una tarjeta de  crédito.
Según documentos públicos, a esta  hipoteca le siguieron cinco refinancia ciones más entre el 2003 y el 2007, que  aumentaron la deuda desde unos  $29,000 en el 2001 hasta unos $330,000.
En los años previos al reciente co lapso inmobiliario, el vecindario pre dominantemente hispano de Bushwick,  en el que viven unas 130,000 personas,  sufrió la proliferación de préstamos de  alto costo (subprime) y costosas refi nanciaciones, alentadas por corredores  de propiedades y compañías de hipo tecas, muchas de ellas en estados le janos.
 “Surgió este fenómeno en que los  agentes inmobiliarios buscaban cada  año al propietario para que refinanciase  su casa”, asegura Sara Manaugh, una  abogada que representa a personas de  bajos ingresos que enfrentan embargos  en South Brooklyn Legal Services.  “Les  animaban a usar su casa como si fuera  una hucha, a sacar dinero en efectivo de  la refinanciación, diciéndoles que sus  casas seguirían revalorizándose cuando  en realidad no era así”, explica.
Los costos de cerrar una hipoteca son  generalmente entre el 4% y el 6% del  nuevo préstamo, pero con los corredores  inescrupulosos los propietarios llegaron  a pagar entre el 8% y el 10%, según  consejeros de vivienda de la ciudad.
Hispanos y negros pagan más
Estas prácticas provocaron una epi demia de embargos en otras partes del  país. En la ciudad de Nueva York, la  crisis se concentra en determinados ba rrios negros o hispanos, como el sureste  de Queens o el centro de Brooklyn.
Según un estudio del Centro Furman  de la Universidad de Nueva York, en el  2006, los propietarios negros de la ciu dad obtuvieron cinco veces más prés tamos de alto costo (que conllevan un  mayor riesgo) que los blancos, y los  hispanos tres veces y media más. En el  2007 el Distrito Comunitario de Bus hwick presentó más del triple de prés tamos de alto costo que el promedio en  la ciudad.
Entre el 2006 y finales del 2009 se  iniciaron 1,598 procesos de embargo en  Bushwick, la mayoría concentrados en  la zona sur del vecindario, donde viven  los Ortiz.
Alrededor de los Ortiz abundan las  casas abandonadas, con las ventanas y  puertas tableadas, donde el correo y la  basura se acumulan. Algunas viviendas  han sido reocupadas por desamparados,  o por los mismos ex propietarios.
 “Muchos de los ocupas son la misma  gente que solía vivir en el edificio y que  regresan porque no tienen ningún lugar  adonde ir”, asegura Sergio Negrón,  quien vive junto a un edificio vacío en la  calle Harman que fue reocupado du rante algunos meses por varias familias  hispanas.
Los vecinos prefieren no hablar del  problema, dice Ramona Ortiz.
 “Sé que algo está ocurriendo, porque  personas que he conocido durante mu chísimo tiempo de repente ya no viven  más en sus casas, las casas están vacías”,  asegura. “Las personas de la casa de la  esquina desaparecieron un día y poco  después alguien nuevo se mudó allí; hay  un par de casas un poco más allá y es la  misma cosa”, agrega.
Un anciano firma una hipoteca
De las diferentes refinanciaciones de  su hipoteca, Ortiz recuerda con claridad  la última, en febrero del 2007: Ortiz  llamó para informarse sobre un corredor  de propiedades de Queens que había  dejado tarjetas en el vecindario.
El corredor hizo una cita con su padre  anciano, sin ella saberlo, y le hizo firmar  el contrato cuando éste se encontraba  solo en casa con una nieta menor de  edad, asegura Ortiz.
El padre de Ramona, José Dolores  Ortiz, hoy no recuerda mucho de aquella  cita, sólo sabe que depende de su hija  para atender cualquier cuestión rela cionada con su casa.
“Ella es la que me lleva los papeles de  la casa, la que hace todo, pues cualquier  cosa yo se lo digo a ella, y pues es lo que  ella diga”, dice José Ortiz, quien parece  tener problemas para oír y comprender  lo le pregunta esta reportera.
Por los costes de cerrar la nueva  hipoteca de $330,000, la familia Ortiz  pagó más de $17,000, $14,000 de los  cuales fueron para el corredor de pro piedades. La familia también recibió  $20,000 en efectivo, $15,000 de los cuales  fueron para pagar unas reparaciones en  la casa por un contratista asociado con el  corredor, asegura Ramona Ortiz.
 “Todo fue muy rápido. Llamaron e  hicieron una cita, y la próxima cosa que  sé es que hay gente en el tejado, gente en  las ventanas haciendo reparaciones”, re cuerda Ramona Ortiz, quien luego des cubrió que los pagos mensuales de unos  $1,684 que pensaron que serían por 30  años subían a más de $2,400 a los 10  años.
Durante un tiempo, su padre tuvo un  inquilino y pudo pagar la hipoteca, pero  cuando en el 2008 su padre cayó enfermo  y el inquilino se fue, ya no pudo seguir  pagando, asegura su hija.
“Llegó un punto en que tuvo que  elegir entre pagar las facturas, pagar la  hipoteca o comer”, explica.
Peter Digi, un empleado de Lexin gton Capital Corporation, la corredora  de propiedades contratada por la familia  Ortiz, insiste en que todo fue legal y  nadie fue engañado.
“El cierre de una hipoteca no es algo  que se haga en un solo día y que nadie  pudo haber sabido”, asegura Digi. “Pro cesamos miles de hipotecas al mes, los  clientes nos facilitaron los documentos,  firmaron declaraciones de bienes, fue ron al cierre, firmaron los documentos  del cierre en presencia de abogados y  notarios”, explica.
 Digi agrega que la hipoteca fue una  buena para la familia Ortiz, porque en  realidad recibieron unos $32,000 en efec tivo y pagaron una deuda de tarjetas de  crédito de $16,000.
“Le deseo buena suerte al cliente,  pero no hay nada que podamos hacer o  que hiciéramos mal”, asegura Digi. “La  gente se atrasa en sus hipotecas y bus can a alguien a quien culpar para salir de  sus problemas. Es desafortunado, pero  éste es el mundo en el que vivimos”,  subraya.
Bancos ignoran a minorías
Mike Mastman, un consejero de vi vienda de Grow Brooklyn, una orga nización sin fines de lucro que está  asesorando a los Ortiz de forma gratuita,  dice que muchos propietarios fueron  presionados por los corredores de pro piedades para asumir refinanciaciones o  hipotecas que no podían permitirse.
“Los corredores de propiedades tra bajan a comisión pero no trabajan para  la compañía que da la hipoteca”, afirma  Mastman. “Algunos corredores inescru pulosos piensan que nunca se les hará  responsables de procesar hipotecas para  gente que no se las puede permitir”.
Estas prácticas abusivas en Bus hwick tienen su origen en la margi nación que durante años sufrieron sus  residentes por los bancos, aseguran los  expertos.
El vecindario de Ortiz tiene sólo dos  sucursales de banco y una cooperativa  de crédito, pero trece lugares de cambio  de cheques y cinco casas de empeño,  según datos compilados en el 2009 por  NEDAP, una organización de Nueva  York que lucha contra las prácticas fi nancieras discriminatorias.
“El problema ha existido durante  muchos años porque los bancos como  Chase o Citibank o no estaban en la  comunidad o estaban, pero no prestaban  a sus residentes”, dice Herman de Jesús,  asociado principal de NEDAP. “Pero em peoró cuando las compañías de hipo tecas se dieron cuenta de que los bancos  no estaban prestando y dijeron: noso tros les vamos a prestar, pero les vamos a  cobrar el doble o el triple”, agrega.
Muchos propietarios hispanos como  los Ortiz, que contribuyeron al rena cimiento de Bushwick después de la  pobreza y el crimen que siguieron al  apagón de 1977, cuando manzanas en teras fueron quemadas y vandalizadas,  enfrentan ahora la pérdida de la única  riqueza acumulada durante toda una  vida.
“Ésta es una de las tragedias de esta  crisis de embargos”, afirma Vicki Been,  directora del Centro Furman. “Familias  que lucharon duro para conseguir ese  pedazo del sueño americano, una casa  con la que mandar a sus hijos a la  universidad o abrir un negocio, ahora lo  han perdido todo y esto lo van a sufrir las  generaciones futuras”, asegura.
Ramona Ortiz dice que ella y sus  hijas están luchando por ayudar con los  pagos y mantener la casa durante al  menos el tiempo que viva su padre: “Si  la perdemos cuando todavía vive, eso lo  mataría, porque aquí es donde él quiere  vivir y quiere morir”.
eva.sanchis@eldiariony.com
* Esta serie fue posible gracias a  una beca de New America Media.