Carmen Gonzales(Foto: ALEX VROS/EDLP)
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Nueva York — A sólo 90 millas de la Estatua de la Libertad, en el condado de Sullivan, en una población que se llama Liberty, trabajadores hispanos viven bajo similares condiciones que lo hacían los esclavos del sur de los Estados Unidos hace casi 100 años.

Entre el hedor de la procesadora de paté Hudson Valley Foie Gras viven cerca de 50 inmigrantes que trabajan siete días a la semana entre las incubadoras, las alimentadoras y el matadero cultivando patos para extraerles el hígado para producir paté.

“Trabajamos de 60 horas a 65 horas a la semana, yo alimentaba a 350 patos por mes”, aseguró la mexicana Carmen Gonzales, que por los últimos 10 años trabajó en las pateras.

En Liberty, los trabajadores de la finca cultivadora de patos Hudson Valley Foie Gras no tienen derecho a un día de descanso, horas extra y menos a un sindicato que los represente.

Pero ellos no son los únicos que trabajan bajo esas condiciones en 2009, 40 años después de que César Chávez lograra el derecho a sindicalizarse para los campesinos en California.

No fue sino hasta 1994, cuando la entonces senadora estatal Olga Méndez logró que se aprobase legislación que reconocía el derecho a baños y agua potable a los trabajadores.

“Hay 40,000 trabajadores permanentes y cerca de 40,000 que son migrantes”, indicó Jordan Wells, coordinador de la campaña de Justice for Farmworkers. Según datos de esta organización, el estado de Nueva York distribuye cinco mil millones de dólares al año en incentivos tributarios a esta industria, cuya columna vertebral son los trabajadores agrícolas.

La industria lechera ha recibido $300,000,000 en subsidios federales desde el 2000, aseguró Wells.