CHAMBLEE, Georgia/AP — Odilio Pérez se ilusiona con una vida más allá del corredor de la Buford Highway, lleno de centros comerciales, con una gran diversidad étnica y que cruza tres condados del sur del país.
Pérez, un guatemalteco, se radicó en esta localidad de las afueras de Atlanta hace más de una década, cuando las autoridades usaron los Juegos Olímpicos de 1996 para atraer inmigrantes, considerados un componente fundamental para revitalizar la zona. Terrenos baldíos y negocios vacíos dieron lugar a apartamentos baratos, una mezcla ecléctica de comercios y carteles publicitarios en numerosos idiomas.
Pero no está claro hasta qué punto se han cumplido las promesas hechas a los inmigrantes: por un lado, una política de mano dura contra los indocumentados y las dificultades para conseguir la residencia permanente hacen pensar que EE.UU. tiene poco interés en atraer extranjeros, mientras que por el otro, el comportamiento de los gobernantes y las empresas de comunidades como las de la Buford Highway (Ruta Buford) indica que los extranjeros son vitales.
“Vivo y trabajo aquí desde hace diez años sin problemas”, comentó Pérez, de 33 años, y admite haber venido al país ilegalmente. “Me encantaría hacerme ciudadano, si tuviese la oportunidad. Pero fui a ver a un abogado y me dijo que no hay forma de hacerlo”.
Pérez es parte de un amplio movimiento de inmigrantes que descartó destinos tradicionales como Nueva York y Los Angeles y se radicó en el sur, alterando rápidamente la fisonomía de ciudades como Charlotte (Carolina del Norte), Birmingham (Alabama), Orlando (Florida) y, más recientemente, Nueva Orleans, a la que llegaron en masa para reconstruir la ciudad tras el paso del huracán Katrina.
Pocos sitios reflejan esta transformación tan vívidamente como la Buford Highway, donde Rubén Lee, un argentino de origen coreano que vive aquí desde hace 20 años, le habla en español a sus empleados; donde el herbolario chino David Chu vende remedios para todo en cuatro idiomas asiáticos, y donde jornaleros hispanos combinan el español con dialectos precolombinos.
“Esto no es un enclave, es un fenómeno nuevo”, sostuvo Michael Fix, director de estudios del Instituto de Políticas Migratorias, organismo independiente con sede en Washington.
Exponentes de ambos bandos en el debate sobre la inmigración coinciden en que la carretera tiene una concentración única de grupos étnicos y en que a lo largo de su corredor comercial de 13 kilómetros abundan los mensajes contradictorios acerca de la actitud que tiene hacia los extranjeros un país que los recibe con la Estatua de la Libertad, pero también erige muros fronterizos.
“Son señales mixtas”, dijo Mark Krikorian, director ejecutivo del Centro para Estudios de la Inmigración, grupo que promueve controlar el ingreso de extranjeros.
“Recibimos con los brazos abiertos a los inmigrantes en sitios como la Buford Highway, pero al mismo tiempo destinamos miles de millones de dólares a hacer cumplir las leyes migratorias”, señaló Michelle Waslin, analista de Centro de Políticas Migratorias.
En el 2006, las policías del sudeste del país imitaron a las del sudoeste y comenzaron a desempeñar funciones migratorias.
El programa de deportaciones podría llegar también a la Buford Highway. El departamento de alguaciles del condado de Gwinnett, que patrulla las comunidades vecinas a Chamblee, espera el visto bueno de Inmigración para sumarse a esa iniciativa.
Los inmigrantes que quieren regularizar su situación enfrentan dificultades ya que la nueva política de mano dura no hizo sino aumentar la carga de las agencias encargadas de procesar las solicitudes, que no dan abasto, según el Instituto de Políticas Migratorias. Ese organismo dice que hay un millón de solicitudes de ciudadanía en espera.
Nikki Nguyen, una refugiada vietnamita de 54 años que tiene un negocio de manicuras en la Buford Highway, conoce bien las demoras que soportan muchos de sus clientes. Lleva 12 años tratanto de traer a su hermana.
Los jornaleros que se amontonan junto a la carretera tienen sus propios problemas. La construcción está casi paralizada en medio de la recesión, pero la Buford Highway por momentos se parece a la de los viejos tiempos.
Y pocos planean irse. Tienen familiares aquí, una red de posibles empleadores y han invertido varios años en la visión que ofreció Chamblee a los inmigrantes. Su destino está demasiado ligado a la carretera. “Este país dice que no nos quiere, pero cuando hay que hacer algo, nos necesita”, dijo Pérez. “El país tiene dos caras, y a veces cuesta saber cuál es la real”.