Los alambres de púas han sido sustituidos en los últimos meses por vallas de metal en la zona fronteriza Sonora-Arizona. (FOTO: Damaso Gonzalez/EDLP)
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Periodista de EL DIARIO/LA PRENSA pasa 9 horas en el Desierto de Sonora para revivir sufrimiento de inmigrantes hacia EE.UU.

6:00 a.m. El sol comienza a despuntar en el Desierto de Sonora, al sur de Tucson, Arizona, un área tan peligrosa que los inmigrantes la llaman el “corredor de la muerte”. A pesar de ello, es una de las rutas más transitadas por los inmigrantes que quieren cruzar a Estados Unidos desde que la Patrulla Fronteriza comenzó a bloquear accesos más fáciles en los años 90 y después tras los ataques terroristas del 9/11. Unos 2,000 inmigrantes sudamericanos, centroamericanos y mexicanos cruzan cada día esta ruta, de los cuales, 700 son arrestados por la Patrulla Fronteriza, según Enrique Zelaya, del Centro Comunitario de Atención al Migrante y Necesitados (CCAMYN) de Sonora, México.

7:00 a.m. Una caravana con 12 periodistas, entre los que se encuentra este reportero, parte en una camioneta del estacionamiento de la Iglesia Presbiteriana de Tucson camino al rancho Arivaca, una zona desértica ubicada a unos 120 kilómetros de Altar, México. Miles de inmigrantes cruzan cada día los 140 kilómetros que separan la población fronteriza mexicana de Altar y la de Sásabe, en Arizona.

8:00 a.m. Llegamos a Sásabe, Arizona, una población con menos de 3 mil habitantes. Diariamente, decenas de vanes llegan a Sásabe desde Altar cargadas con hasta 18 inmigrantes que pagan 100 pesos (unos $10) por un viaje de ida. Desde aquí los inmigrantes tratan de cruzar la frontera a pie. Algunos lo hacen ayudados por guías o polleros que cobran entre dos mil y tres mil dólares a los inmigrantes. El paisaje del desierto es un terreno de grava y arena con escasa vegetación, que impide a los caminantes cubrirse de los fuertes rayos de sol. Las temperaturas son extremas: durante el verano, pueden alcanzarse los 120 grados Fahrenheit a la sombra y hasta 0 grados Fahrenheit en las noches de invierno. Tras caminar apenas dos horas, los pasos de este reportero se hacen más lentos.

9:00 a.m. Avanzo con sumo cuidado para evitar caerme en este accidentado terreno y sufrir una lesión. Para los inmigrantes, una caída puede significar su muerte, porque para llegar a desde Sásabe a Tucson hay que caminar entre tres y cuatro días. Muchos inmigrantes hacen este trayecto por la noche, cuando al peligro de caerse se agrega el de ser picados por animales venenosos, que prefieren salir por la noche para conseguir alimentos. En el desierto de Arizona existe una variedad de serpientes venenosas, además de alacranes y arañas. El monstruo de sila es el animal que más víctimas ha cobrado. Una picadura de este animal puede resultar en la muerte.

10:00 a.m. Los matorrales espinosos representan otro grave peligro para los inmigrantes. Apenas unos metros caminados por este periodista y el dobladillo del pantalón está lleno de espinas, y los brazos y manos llenos de rasguños.

10:30 a.m. El sol se hace más intenso, y el cansancio hace mella en el grupo. Kathryn Fergoson, de oficio enfermera y quien en sus días libres se dedica a auxiliar a inmigrantes en el desierto, nos explica que el sol puede traicionar al inmigrante: “Algunas personas se guían por el sol y creen que la ruta es por el oeste, pero esto significa que los inmigrantes se están metiendo más al desierto”.

11:00 a.m. Un grupo de 15 voluntarios, de la organización Samaritanos, con sede en Arizona, gritan en un punto del trayecto que son samaritanos y que traen agua y comida. Una de las voluntarias, María Ochoa, enfatiza: “No tengan miedo que no los vamos a denunciar a la Patrulla Fronteriza”.

La activista de la organización reconoce que pese a sus esfuerzos por ayudar a los inmigrantes, el miedo de éstos a ser arrestados les impide acercarse a los voluntarios, por eso los Samaritanos dejan tanques con agua en la ruta. Estos son baleados con frecuencia por grupos antiinmigrantes como los Minuteman, opuestos a la inmigración ilegal, dicen los voluntarios. Los “hunters” o cazadores de inmigrantes “acampan en diversos puntos del desierto y cuando encuentran a una persona, la golpean y luego la presentan ante las autoridades”, explica Fergoson.

12:00 p.m. El calor comienza a sentirse como una lápida. Por todos lados del desierto aparecen zapatos sin tacones, pantalones, e incluso ropa interior femenina. La presencia de ropa y morrales podría significar que su propietario murió, nos dice Fergoson.

Cuando encuentran mochilas de los inmigrantes, los voluntarios de las organizaciones humanitarias las revisan para buscar alguna identificación. “Si encontramos alguna identificación, la enviamos de inmediato a las autoridades del consulado de México. Así las personas se enteran de que sus familiares pasaron por ese punto del desierto”, apunta esta voluntaria. Los grupos humanitarios explican que muchos inmigrantes no llevan ropa adecuada para los cambios extremos de temperatura.

12:30 p.m. Veo que junto a un matorral hay unos zapatos y una bolsa para cargar al bebé de apenas un año de nacido. Se me encoje el corazón, porque tengo hijos e imagino que algunas madres se atrevieron a cruzar esta zona con sus hijos en brazos. Según Zelaya, de CCAMYN, debido al muro fronterizo y la mayor vigilancia en la frontera cada vez más inmigrantes que ya están en Estados Unidos se arriesgan a traer a sus esposas e hijos.

1:00 p.m. En Arivaca encontramos a Fernando, un inmigrante que está herido, tras una intensa persecución por agentes de la Patrulla Fronteriza. Fernando, de 20 años y originario de Chiapas, México, caminó más de 16 horas, incluida toda la noche, por los lugares más inhóspitos del desierto junto a su hermano. Fernando presenta heridas en la cara y los brazos y un gran moretón en el brazo derecho. Su hermano había sufrido heridas en una pierna, pero aún así había continuado caminando.

“La Patrulla nos encontró y todos los que veníamos con el pollero nos dispersamos para no ser arrestados. Mi hermano y yo nos tiramos al suelo y accidentalmente caímos a un barranco”, explica Fernando, quien pregunta a los voluntarios de los Samaritanos si piensan que la Patrulla Fronteriza les puede recoger allí. El cansancio y el dolor le han convencido de que la única salida es entregarse a los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Los voluntarios tienen prohibido subir a un inmigrante herido al auto. “Si queremos darle atención médica, un oficial de la Patrulla tiene que consentirlo, si no, podemos ser acusado de obstrucción de la justicia”, asegura Fergoson.

1:30 p.m. El grupo de periodistas se despide de los dos hermanos, que han decidido esperar a que pase una de las camionetas de la Patrulla Fronteriza. Así termina el viaje para estos inmigrantes mexicanos, que comenzó cuatro días antes cuando abordaron un autobús en Chiapas. La terrible experiencia los ha hecho pensar en retornar a sus comunidades y olvidarse del sueño americano. Según los hermanos, en Chiapas vivían de la cosecha, pero en los últimos meses no habían podido conseguir empleo en las rancherías.

2:00 p.m.La Patrulla Fronteriza intensifica los rondines en rancherías y barrancos. Una marca de zapato les indica el momento preciso en que cruzaron los inmigrantes y la distancia que han avanzado. Esto permite a los oficiales reagruparse e interceptarlos en el desierto. Para reforzar la vigilancia, diversos retenes son colocados en varios puntos a lo largo de la ruta 19 que conduce a Tucson.

3:00 p.m. Cuando el sol comienza a caer en el Desierto de Sonora, el grupo de periodistas y los voluntarios humanitarios comienzan a retirarse. Mientras los autobuses de los agentes de inmigración conducen a decenas de inmigrantes a prisiones locales, los Samaritanos retornan a su sede en Arizona para hacer un balance del número de personas que pudieron ayudar. En tanto, la noche queda para otro grupo de la Patrulla Fronteriza y de los cazadores de inmigrantes. Todos en busca del enemigo: los indocumentados.

Damaso.gonzalez@eldiariony.com