Una de las amenazas más graves —y menos conocidas— que sufre la comunidad latina son las altas tasas de suicidio e intentos de suicidio de las adolescentes hispanas. Hace algo menos de dos años, informes de los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades —el principal organismo de salud pública de los Estados Unidos— confirmaron los datos parciales y provenientes de la experiencia con que contaban los expertos y las organizaciones especializados en el tema. Entre ellas, varias agencias que forman parte de la Hispanic Federation que combaten ese grave y complejo problema social, ya sea porque se dedican de manera exclusiva a la prevención y tratamiento de los problemas mentales o emocionales, o porque los incorporan a sus programas y servicios más amplios.

Se trata de servicios muy necesarios porque, lamentablemente, esas tendencias autodestructivas de muchas adolescentes hispanas son solamente el aspecto más dramático de un fenómeno más complejo que abarca a todos los segmentos de nuestra comunidad. Es que a pesar de que las tasas de suicidio e intento de suicidio son más altas entre las jóvenes, en todas las demás categorías de edad se confirma que los hispanos somos más proclives que otros sectores de la sociedad a considerar o ejecutar el suicidio.

Una de las organizaciones de la Hispanic Federation más involucradas en combatir esas tendencias destructivas es la Asociación de Profesionales Hispanos de Salud Mental, que indica que “47 de cada 100 jóvenes latinas se sienten sin esperanzas, y 24 de cada 100 hacen planes de suicidio. Quince de cada 100 tratan de suicidarse, y cuatro de cada 100 terminan en el hospital debido a esos intentos de suicidio”.