Nueva York/Especial para EDLP — Habla con la propiedad de un ingeniero ambiental y por momentos parecería que uno está escuchando alguna conferencia de Al Gore sobre desarrollo sustentable. Pero no, no es éste un ambiente académico, ni un laboratorio, ni un think tank: es el edificio ubicado en el 1400 de la 5ta Avenida en Spanis Harlem y el responsable de que sea uno de los más verdes de la ciudad es Héctor Norat, su conserje.
La innovadora construcción de 8 pisos y 129 unidades fue terminada hace 5 años y es un verdadero modelo de uso eficiente y conservación de energía gracias a un sistema geotérmico que permite utilizar el agua directamente de la tierra para templar y enfriar el edificio en las distintas estaciones.
El sistema tiene su complejidad y se requiere alguien capacitado para operarlo. Cuando los desarrolladores pusieron manos a la obra para encontrar a ese individuo, allí estaba Héctor. “Yo había hecho varios cursos de entrenamiento en prácticas que promueven el cuidado del medio ambiente y que enseñan a los trabajadores de edificios, como yo, cómo ser más eficaces en el manejo de las instalaciones”, cuenta este boricua de perfecta sonrisa blanca y prolijísimo corte de pelo.
El Sindicato 32 BJ que agrupa a los porteros, conserjes, empleados de limpieza y personas que trabajan en edificios es quien imparte el curso ‘One year, 1,000 green superintendents’, un programa que apunta a que muy pronto Nueva York cuente con una flota de gente capaz de gerenciar los edificios de una manera más responsable e inteligente. Por su desempeño y su mérito, este conserje verde fue elegido para el puesto de superintendente de este edificio que “cuenta con el sistema geotérmico más grande del país en un edificio de viviendas” acota Héctor. Así se convirtió en el primer hispano que lo opera en esta ciudad.
Para salir de la teoría, nos propone recorrer los distintos pisos y observar el sistema en funcionamiento. En el sótano, —que en la mayoría de los edificios de la gran manzana es el lugar de la caldera— se encuentra un recinto repleto de tubos plásticos como si fuera un gran centro de experimentación. “El agua entra por aquí y en estos tubos azules quedan separados los sedimentos”, sostiene mientras se escucha fluir el liquido. “No es agua para consumo; no es potable”, agrega, “pero igual tiene que estar limpia para no dañar las tuberías”.
Siete bombas de alta presión —20 caballos de fuerza cada una— se encargan de vencer la gravedad y enviar el agua hacia todos los pisos. “Bombean unos 225 galones por minuto”, afirma este experto con la vista clavada en el techo del salón geotérmico. Casi tan crucial como este último es la parte trasera del edificio, el backyard y el área de estacionamiento, donde han sido cavados siete pozos acuíferos de 1,500 pies de profundidad.
Desde abajo de la tierra se extrae el agua que, en toda Nueva York, permanece siempre a una temperatura constante de 50 grados Fahrenheit. Esa cualidad estable es la que hace posible calentar los ambientes o hacerlos más frescos.
En el verano, la tierra actúa como una suerte de aire acondicionado; las tuberías y la bomba se llenan de agua caliente y la envían a la tierra para que ésta se encargue de sacarle el calor. En el invierno, por el contrario, la tierra hace las veces de caldera calentando el agua. Esto sólo es posible porque la temperatura del agua bajo la tierra no fluctúa.
“El agua siempre es la misma que se recicla”, añade Héctor. “Circula entre las tuberías del edificio y todo otro sistema de tuberías que está enterrado; es un constante intercambio entre nosotros y la tierra”.
Algunos de los beneficios están a la vista: el salón geotérmico está impecable; mucho más limpio de lo que suelen estar las calderas y además, como no se usa ningún tipo de combustible —las calderas utilizan aceite— es mucho más económico. Sólo hay seis edificios como el de Héctor en Nueva York y este puertorriqueño oriundo de la ciudad de Coamo sueña con que haya muchos más: “Me gustaría que se instalen más o que se restauren los ya existentes; es muy importante para el futuro”.
Además de su pasión por la ecología este hombre tiene dos importantes razones para preocuparse por el planeta que dejamos a nuestro paso: Megan y Matthew, sus dos pequeños hijos a los que ve cuando puede porque “estoy siempre corriendo por el edificio asegurándome que todo esté bien”.
Cuando sale y va por las calles surgen las comparaciones. “Observo las ventanas, a ver si están bien selladas como en mi building; miro la pintura y las alfombras a ver si son reciclables como en mi building; no lo puedo evitar”, dice sonriendo.
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