Gloria Waldman es una latina en envase gringo y ha hecho tantas cosas en su vida que parece ser varias mujeres en una.
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Nueva York/especial para edlp — De pequeña, no le sacaba la mirada de encima. Su casa en el Bronx, en la 175 y la Avenida Walton, cerca del estadio de los Yankees, era enorme pero ella siempre iba a la cocina y se quedaba horas mirándola; inspeccionándola. Es que no era una lata de salsa de tomate cualquiera; esta tenía una foto de una parejita bailando flamenco y ejercía una especie de fascinación sobre esta niñita judía neoyorquina. “Arturo Sauce”, dice Gloria Waldman, “esa era la marca. Nunca me voy a olvidar que mientras copiaba la pose de los bailarines, un día descubrí que en una parte de la lata decía product of Spain. Desde ese momento lo único que quise fue aprender español y viajar a España”.

Lo primero lo logró con poco esfuerzo porque tenía mucha facilidad para el idioma y lo segundo en 1964 cuando a los 17 llegó a Madrid en plena época Franquista como parte de un intercambio estudiantil. “Imagínate, en ese clima de mojigatas y chaperones, las americanas arrasábamos; éramos más libres, íbamos a las discotecas y bebíamos café”. También fue allí que Gloria comenzó a devorar los mejores exponentes de la literatura ibérica, “discutíamos la obra de Miguel de Unamuno y del Valle-Inclán”, cuenta nostálgica.

Tener un novio español estaba a la moda y Gloria no se quedó atrás; así llegó a su vida Trinitario. “No pude lograr que venga conmigo a Estados Unidos pero debo agradecerle mi iniciación política cuando una noche me dejo fría con su pregunta: “¿De veras no sabes lo que tu país está haciendo en Vietnam? Pues entérate”.