Nueva York — Guadalupe, de 16 años, cierra los ojos y se imagina a ella misma en diez años.
“Estaré graduada, con mi propia oficina, dando consultas”, asegura la joven, sonriendo. “Quiero ser sicóloga para niños”, apunta.
Con la política migratoria actual, Guadalupe, que es indocumentada, no podría realizar su sueño de estudiar en una universidad estadounidense y tener una carrera en este país. Sus padres la trajeron de México hace dos años y hoy día viven en Queens.
Pero si se aprueba el DREAM Act, o la Ley del Sueño, el proyecto de ley permitirá que Guadalupe y miles de estudiantes más asistan a universidades estadounidenses como residentes del país, con la posibilidad de volverse ciudadanos.
Este año, esta legislación —que fue introducida por primera vez en el 2001 y derrotada por poco votos en el 2007— cuenta con apoyo bipartidista en el Congreso y en el Senado.
El presidente Barack Obama —quien ha dicho que la apoya “100 %”– inicia el debate sobre una reforma migratoria en Washington este jueves y muchos esperan que el DREAM Act sea uno de los primeros puntos en su agenda.
Para beneficiarse del DREAM Act, un estudiante tiene que haber llegado a EE.UU. antes de los 16 años y haber vivido en el país más de cinco años. También debe tener un diploma de una escuela secundaria o un diploma general (G.E.D.) y ser de “buen carácter moral” (no haber cometido ninguna ofensa). De ser aprobada, la legislación beneficiaría a unos 65,000 estudiantes, según la organización Consejo Nacional de La Raza.
Los jóvenes que califiquen para el DREAM Act obtendrían la residencia permanente durante seis años, un periodo durante el cual deben asistir la universidad y obtener un diploma de dos o cuatro años, o prestar el servicio militar, para obtener la ciudadanía. También podrían recibir préstamos y ayuda financiera del estado.
Los que apoyan el proyecto de ley aseguran que no es un sustituto para una reforma migratoria integral, que beneficiaria a todos los inmigrantes, sino “un primer paso”.
Así lo caracterizó el alcalde Michael Bloomberg en mayo, cuando anunció su apoyo para el proyecto junto con los líderes de 18 grandes empresas, entre ellas, American Express, Citibank y JPMorgan Chase.
“Existen cientos de miles de niños que están aquí ilegalmente”, aseguró el alcalde en un comunicado. “Cuando salen de la escuela, enfrentan una triste realidad que puede extinguir la luz de un futuro brillante. Sin posibilidad de recibir préstamos para estudiar y empleos legales, muchos terminan trabajando por un sueldo bajo, sin papeles”, agregó Bloomberg.
Los que se oponen al DREAM Act dicen que éste puede agudizar la crisis financiera en casi todos los estados, y que recompensa a los que han violado la ley, regalándoles oportunidades que pertenecen a familias de la clase media de este país.
Dan Stein, presidente de la Federation for American Immigration Reform (FAIR) dice que el proyecto de ley “acaba con las esperanzas y los sueños de un sin número de familias americanas que están luchando para crear oportunidades para sus propios hijos”.
Guadalupe, bajita y con una dulce sonrisa, hizo el viaje de México a Nueva York cuando tenía 14 años. Durante el viaje, que duro más de un mes, su familia fue asaltada por delincuentes y encerrada en una casa en la frontera durante dos semanas.
Guadalupe rememoró su viaje en un libro escrito este año por los alumnos de su clase de justicia social. En el libro, “Al borde de mi nueva vida”, varios jóvenes narran sus experiencias cruzando la frontera: tienen que caminar durante días enteros, gatear por alcantarillas, esconderse de helicópteros, observar el abuso sexual e incluso la muerte de otros inmigrantes.
Pero hay un capítulo que no está en el libro, asegura Natalia Aristizabal, la profesora del curso de justicia social, que también es una activista de la organización comunitaria Make the Road New York. Es la historia de los jóvenes indocumentados tras llegar a EE.UU.
“Uno se va adaptando... aquí conocí a colombianos, ecuatorianos, salvadoreños, aprendí palabras nuevas, aprendí a montar el tren”, asegura Guadalupe.
Pero los jóvenes indocumentados se asimilan a la cultura de EE.UU. sin una garantía de futuro, apunta Aristizabal.
“Son extranjeros en dos lugares”, afirma, y concluye: “Estos niños son americanos por vivencia, no por título”.
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