Tracy Ortiz fue condenado por violar las Leyes de Drogas Rockefeller
Nueva York — Cuando la hija de Ana Maisonave Ortiz perdió a un hijo, ella quiso darle a su marido la mala noticia para compartir su tristeza y su dolor con él. Pero conseguir que Tracy Ortiz, —el marido de Ana— no sólo que levantara el teléfono o tomara el carro era algo imposible porque él está preso en la Correccional de East Nueva York, en Napanoch, 100 millas al norte de la casa de Ortiz en Ridgewood, Queens.
“Este es un momento muy duros porque ni siquiera puedo levantar el teléfono para hablar con él”, asevera Ortiz. Ana, tiene que dejarle un mensaje con los administradores de la cárcel, y esperar a que él la llame.
Tracy Ortiz, de 32 años, ha pagado cinco de una sentencia de 11 años y medio a cadena perpetua por posesión ilícita y venta de una sustancia controlada. Debido a que fue condenado bajo las estrictas Leyes de Drogas Rockefeller, y tiene que cumplir los 11 años y medio antes de calificar para libertad condicional la “mínima máxima”. Y debido también a que le dieron una pena de cadena perpetua, lo más probable sea que la primera vez que solicite esa libertad ante la junta que la concede se la nieguen.
Cuando alguien va a la cárcel, la familia y la comunidad sufren. La familia pierde un esposo, un padre, el sostén de la familia y la comunidad queda sin un contribuyente y votante. Si quien va a prisión es una madre, por lo general es ella quien vela por el bienestar de los niños, y a menudo éstos terminan viviendo en hogares de guarda.
Ana Ortiz no aprueba las actividades ilícitas de su marido. Pero Tracy Ortiz fue un padre para sus hijos, ahora de 24 y 21, ya que su propio padre biológico murió cuando eran muy niños. Tracy tenía empleo, era carpintero en un taller, y ganaba el sustento para su familia.
Ahora Ana Ortiz, de 42 años, tiene que resolver por su cuenta, y la lucha no es fácil. Después de 10 años de trabajar, perdió su empleo en febrero del año pasado. Otra víctima de la crisis económica por la que atraviesa el país. Su empleador, National Cable Communications, despidió entonces a 275 personas. Ana no ha logrado conseguir trabajo, y los beneficios de desempleo se agotaron.
“Lo que mi marido hizo cuando estaba en casa no era lo correcto, pero también trabajaba, y yo no estaba sola, y vivir sola es doblemente difícil, y aún más difícil ahora que me despidieron”, anota.
La familia se ha dividido. Tracy Ortiz tiene una hija de 10 años, producto de otra relación pero educada por ellos en pareja. Cuando fue a la cárcel, la niña se fue a vivir con sus abuelos, aunque aún lo visita a menudo. Pero, la nuera de Tracy no deja que su nieto de dos años, lo visite porque teme que podría ser perjudicial para el niño. Tracy nunca ha visto al nieto, aunque habla con él por teléfono.
Ortiz vendió la casa de tres dormitorios que tenía con su esposo en Laurelton. Ahora alquila un apartamento en Ridgewood. Su hija y su novio se mudan con ella para poder sobrevivir.
Hace poco, una mujer que visitó a su hijo en la Correccional de Nueva York, le contó a Ana Ortiz sobre Fortune Society, una organización que ayuda a ex reclusos y a sus familias. Ana fue a una reunión de esta organización en las oficinas en Long Island City y planea seguir yendo.
“Uno se entiende bien con ellos, porque pasan por la misma situación que uno está pasando. En mi trabajo nadie sabía a dónde estaba mi esposo. Yo era supervisora. Es vergonzoso. Una no quiere que la gente se entere ni sepa de tu vida. No puedo hablar del tema”, asegura.
Los estudios demuestran que los reclusos que permanecen en contacto con sus familias tienen mayores posibilidades de no reincidir cuando salen. Pero, mantener esa conexión puede ser algo deprimente y muy costoso.
“Es difícil tener a alguien recluido”, sostiene Ortiz. Los funcionarios de prisiones pueden ser abusivos con los miembros de la familia. “Te degradan, como si fueras la reclusa. No es fácil. Es una situación muy difícil”, señala.
Los días que Ana Ortiz va a visitar a su marido, se levanta a las 3:30 a.m. y sale de la casa a eso de las 4. Paga $16 por un taxi que la deja en la parada de autobús en el centro de Brooklyn, en las avenidas Atlantic y Flatbush.
Ortiz visita a su marido cada dos semanas. El viaje en carro desde Ridgewood a la cárcel de Napanoch toma una hora y 45 minutos. Ortiz tiene que tomar el autobús, que sale a las 4:45 a.m. que hace varias paradas para recoger a otros pasajeros. Se demora cuatro horas en llegar a su destino y cuesta $40 ida y regreso por persona. Los niños pagan $25.
Por razones de seguridad a los visitantes no se les permite llevar alimentos a la cárcel. Por eso Ortiz tiene que gastar otros $40 en comida más cara que venden en máquinas, que luego tiene que calentar en el microondas.
Una llamada telefónica cuesta 3.32 por media hora. Por lo general ella gasta $100 al mes, sobre la factura normal del teléfono. Cada mes la familia envía 35 libras de alimentos a la prisión —el máximo permitido— a un costo de 150 a 200 dólares.
Su marido es una persona optimista, pero a veces su ánimo está por el piso. “Hay momentos en los que él se siente muy, muy deprimido. La prisión los cambia. Él es otra persona”, asegura Ana.
Ortiz dice que las tres cosas que necesita ahora son: un empleo, una manera más económica de transporte para visitar a su marido, y un buen recurso para apelar y eliminar la pena de cadena perpetua de la sentencia y que le impongan otra pena máxima más corta.
“Cadena perpetua, es indefinida. ¿Cómo hace una para saber cuándo regresará a casa? No hay ninguna garantía”, asevera Ortiz. Incluso si Tracy Ortiz participa en todos los programas de rehabilitación disponibles y es un reo modelo, la junta de libertad condicional puede negarle la salida cuando le toque presentarse ante ella en el 2016. Ana Ortiz correctamente señala que hay presos por asesinar a alguien que cumplen penas más cortas que la de su esposo. Por ahora, la familia Ortiz no tiene la menor idea sobre cuándo terminará esta pesadilla.
En diciembre, a Ortiz la dejaron quedarse con su esposo en la prisión desde martes hasta jueves, el día de Año Nuevo. Se quedaron en una pequeña cabaña en terrenos de la prisión. “Pensé que sería alentador estar con él. Pero es mucho más difícil tener que salir y dejarlo. Porque él se queda”, concluye Ana.