Foto: Silvina Sterin Pensel para EDLP
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Nueva York/especial para edlp — Paredes y paredes llenas de máscaras con rostros negros de gruesos labios y miradas inmóviles; manadas de jirafas, zebras y leopardos de madera; estatuillas de mujeres embarazadas o amamantando. Desde un rincón, un grupo de esbeltos pastores maasais, con sus típicas túnicas rojas, lo observan todo; pero estos no son nómades como los de Kenia, sino que miran perplejos, condenados a las bellas facciones y posturas que decidieron los artesanos que los tallaron en ébano.

En el fondo del amplio recinto con perfume a incienso un hombre pule los pies de una gran estatua realizada por miembros de la tribu Bena Lulua, en el Congo. Hacia la derecha, la escena parece sacada del mercado central de Nairobi; hacia la izquierda, las figuras de Dioses Yorubas y otras estatuillas simbolizando la maternidad y la fertilidad, lo transportan a uno a Nigeria o Camerún. Pero se mire donde se mire, la sensación es que se está en Africa y no en plena Avenida Broadway, a pocos metros de la calle 17 y de Union Square.

Esta singular tienda, J & S Importaciones, es la creación de Jaime Debbah, quien hace más de 40 años –después de un viaje a Kenia- sumó a su hermano Simón en el proyecto de traer artesanías africanas aquí a Nueva York. En los 60’s no lo sabían, pero se convertirían en los mayores proveedores de artículos de ese continente en la ciudad vendiéndoles tanto a millonarios deseosos de dar un toque africano a sus livings como a puesteros callejeros y a tiendas que compraban al por mayor.

Elegante y refinado, Jaime, 74, pega los colmillos de marfil a un pequeño elefante negro y sin levantar la vista comenta, “Yo no estudié más que hasta la secundaria pero siempre me gustó hablar con la gente; cerrar tratos y hacer negocios.” El talento comercial está en su ADN y Jaime se regocija contando la historia de su padre, un sirio que murió cuando el tenía tres años y Simón era apenas un bebé recién nacido. “Tuvo que escapar de Damasco y le dijeron que se fuera para Sudamérica que allí había oro”. Así lo hizo poco antes de 1900 y después de un arduo periplo pasando por Manaos en Brasil, terminó en Venezuela. “Preguntaba, ¿dónde está el oro? Y allí le decían que no lo iba a hallar en la ciudad, que tenía que seguir viajando”.