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MANHATTAN — En su primer día de libertad Fernando Bermúdez, junto con su esposa Crystal y sus abogados Leslie y Michael Risinger que le esperaban a la salida de la cárcel, fue a buscar a sus hijos a Connecticut y desde allí marcharon juntos a casa de sus padres en Manhattan.

Su madre, Daniela, no paraba de asomarse a la ventana: “Quiero ser la primera en verle llegar”, respondió a las bromas que le hacían familiares y amigos sobre su impaciencia. Daniela le había preparado su comida favorita: arroz y habichuelas, condimentada con orégano, ají, ajo, cebolla, recaíto, salsa de tomate, vinagre y aceite…

Frank, su padre, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas le dijo a EL DIARIO/LA PRENSA: “Estamos muy alegres. Hemos estado en la lucha, ¡siempre fajándonos!”.

A las 7:30 de la tarde se oyeron los primeros gritos: ¡Llegó!, repetidos por decenas de personas seguidos de ¡Viva la libertad!, copas de champán y Lolín, amiga de Daniela y que ha vivido la lucha de estos años, hizo el toque de tambora con una tapa y una cuchara.

En un apartamento abarrotado, Fernando y sus padres se abrazaron y el resto de familiares y amigos trataron de al menos. “Voy a cogerlo suave y tratar de calmarme con tanta energía positiva, seguir estudiando y ayudando a la gente”, fueron las primeras palabras de Fernando, quien estudia Ciencias Sociales en Mercy College y piensa terminar sus estudios universitarios y un libro sobre su odisea.

Después alguien le pasó una botella de champán y pidió: “Déjenme tomar un trago” y cuando lo hizo exclamó: ¡Ah, el sabor de la libertad!”.