Ahora, acérquese un poco más.
Como en las casas de los boricuas de mi edad, siempre hay dos fotografías —una pequeña y una más grande— de Roberto Clemente, el héroe que reemplazó a John F. Kennedy y hasta a El Sagrado Corazón. Hay una con mis padres el día de mi graduación de la secundaria a la entrada de la Catedral de San Patricio, vestidos como si fueran residentes de Park Avenue.
Y está la foto de ellos de 1945 en el campo en Puerto Rico. Mi padre, Pedro, tiene el brazo sobre la espalda de mi madre, Lillian, y de una manera casi natural, en la otra tiene un lazo que está atado a una vaca. Sobre las montañas se ve un manto de neblina, algo parecido a lo que como recién ca sados encontrarían en Nueva York, la tierra a la que se habían mudado unos cuantos años antes y a donde se conocieron.
Nosotros, como puertorriqueños, somos sobrevivientes. Retamos las probabilidades. Trabajamos más duro para probar que somos iguales a cualquiera. De no ser así, lo único que tengo que hacer es mirar esas dos fotografías de mis padres.
Para poder estar ese día en la puerta de San Patricio, ellos lo dejaron todo en Puerto Rico. Todo a cambio de una promesa incierta de una vida mejor en Nueva York. Para poder ofrecerle a sus hijos una educación universitaria, ellos nunca se matricularon para estudiar secundaria, trabajaron con sus manos para que sus hijos lo hicieran con el cerebro.
Ser un nuyorican del siglo XXI —término que acojo aunque sé que otros los utilizan como menosprecio— es un honor a ese legado. Como periodista trato de pintar una imagen más compleja de nuestros vecindarios, especialmente de aquellos en los que viven nuestros hermanos menos afor tunados. Como individuo, significa hablar en el idioma que aprendí de mis padres y pasárselo a mis hijos.
Aún así, me entristece saber que aun entre los nuestros —como los que se enloquecen ondeando banderas cada año en el desfile mientras gritan algo sobre “nuestra cultura, nuestra gente”— se reconoce muy poco quienes somos. Dejamos que otros nos de finan con J-Lo y uno que otro reggaetonero, ignoramos a nuestros artistas, escritores y músicos, que tanto nos han dado y enriquecido nuestras generaciones, aún sin que ellos mismo se hicieran ricos.
Así pues que para honrar el pasado y el sueño del futuro, les doy unos cuantos nombres: Frank Espada, Jack Agüeros, Edgardo Vega Yunque, Jesús Colón y Mike Amadeo. Fotógrafos, poetas, escritores y compositores que hicieron grandes cosas entre nosotros, aquí en Nueva York. Sus libros, álbumes y fotografías, también están en ese pequeño cuarto en el que me siento a escribir en mi casa, justo junto a las fotografías de Clemente.
Alguna vez dijo Clemente, si no hacemos nada para mejorar las cosas, es tamos perdiendo el tiempo aquí en la tierra. Nosotros, quienes hemos recibido tanto a tan alto precio, no podemos darnos el lujo de perder y desperdiciar nuestro tiempo o nuestro talento. Tampoco podemos permitir que aquellos que han forjado el patrimonio puertorriqueño en Nueva York, pasen sin pena ni gloria y sin ser reconocidos por su propia gente.
Destacado:
Como puertorriqueños, somos sobrevivientes. Retamos las probabilidades. Trabajamos más duro
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David González es un reportero del New York Times. Nació en el Bronx, adonde sigue viviendo con su esposa, Elena Cabral, y sus hijos, Sebastián Clemente y Paloma Cristina







