Mi padre me recuerda al padre de la película “My Big Fat Greek Wedding”, pero con el toque puertorriqueño. Mientras nos llevaba en su Dodge Dart verde, nos daba estadísticas y nos formulaba preguntas a mi hermana y a mí: ¿Saben quién era Hiram Bithorn? ¿Sabían que Arturo Schomburg era puertorriqueño?
Papi no ha cambiado. Siempre está citando la historia y los logros de los puertorriqueños. También se queja de las oportunidades desperdiciadas.
Mami tiene el mismo entusiasmo sobre ser puertorriqueña.
“La historia de nosotros es bella y uno sigue la tradición”, nos dice. “Los sentimientos, el amor por la patria y por tu gente, siguen lo mismo. Eso siempre está en la cabeza de uno”, nos indica.
Me pregunto acerca del sentido de orgullo de nuestros sobre nuestra cultura, en particular acerca de la fuente de ese orgullo. Les pregunté sobre el tema.
Su respuesta fue una crónica de sobrevivencia en un ambiente a menudo hostil. Uno en el que una comunidad lograba tejer hilachas y abrirse camino. Esa es la historia puertorriqueña, una que a menudo idealizan demasiado o que es profundamente relegada.
Mis padres llegaron a Nueva York en la década de 1950, parte de un éxodo de puertorriqueños que no tenía precedente. En ese entonces, en las escuelas aquí no se requería una educación bilingüe. A mi madre le dieron un libro en español y en inglés para que aprendiera como pudiera, mientras que a mi padre lo pusieron en una clase de lenguaje.
Entonces no había la línea telefónica 311 para obtener información en español. Y si uno no pasaba la prueba de conocimientos básicos en inglés o cumplir con los requisitos educacionales, no te dejaban votar, era prohibido.
La familia de mi padre se quedó a vivir en East New York, mientras que la de mi madre sentó raíces en Los Sures. Mis familiares salieron de esos dos lugares. Allí nació una red de apoyo.
En Brooklyn, mi padre era miembro de los Junior Dragons, una pandilla. Hay quienes pueden pensar que es algo irónico para un teniente retirado de la policía. Pero las pandillas fueron resultado de una necesidad de seguridad ya que mientras la policía sí vigilaba y atendía a otros vecindarios, un puertorriqueño podía ser blanco de una paliza a manos de unos cuantos italianos o irlandeses.
En muchos vecindarios los puertorriqueños no eran bienvenidos, sin embargo esto no los detuvo para establecer sus propios sitios de encuentro en donde podían hablar en español, intercambiar información sobre empleos y oportunidades de vivienda.
Mi madre recuerda las celebraciones puertorriqueñas en clubes lo mismo que sus humildes desfiles y las frecuentes fiestas caseras. Esos encuentros incluían comida, baile, juegos de dominó y por supuesto, debates políticos.
Tal vez en ese entonces los puertorriqueños no se daban cuenta del efecto profundo de sus acciones: habían trasplantado su cultura a la Ciudad de Nueva York. Practicaban costumbres y preservaban el refugio cultural de una comunidad que necesitaba tener representación.
Esto es algo que de por sí era un tradición cultural. Para relajarse tras una jornada semanal de arduo trabajo, los esclavos africanos en Puerto Rico, y más tarde sus descendientes, disfrutarían de la danza y la música conocida como bomba. A veces las bombas cubrían una agenda previa de planeación a una rebelión.
Sorprendentemente, tras dos siglos, la bomba se mantiene tan actual como siempre. Esto es un buen presagio para una comunidad a la que siempre están atacando.
Muchas veces parecía estar al borde del desespero. En las décadas de 1970 y 80, la Ciudad de Nueva York estaba saturada de drogas. A mi familia le ha tocado vivir y sufrir parte de esa devastación.
Sin embargo, aquí estamos. Como otras miles de familias puertorriqueñas, somos testimonio de sobrevivencia, de resistencia y del progreso de nuestra comunidad. Es lo que enorgullece a mis padres. De allí que todos los recuerdos que disfrutan son parte de la afirmación de nuestra identidad como puertorriqueños, pago de derecho de piso en una sociedad que no puede entendernos más allá de los deportes y del entretenimiento.
Aún hay trabajo por hacer.
Cuando mis primos adolescentes, conectados a sus I-pods, visitaron el Centro para Estudios Puertorriqueños, para ellos fue todo un descubrimiento. Las exhibiciones en El Centro son lazos de la historia viva de nuestra familia. Allí ellos vieron fotografías de puertorriqueños vistiendo a las diferentes modas de la década de 1950, mientras descendían por las escaleras de un avión. Y preguntaron por qué en ese entonces, en las tiendas portorriqueñas había letreros para víveres “Spanish”.
Nos detuvimos frente a un portarretrato de Pedro Albizu Campos luciendo su uniforme en la Primera Guerra Mundial. Les expliqué que él había sido el líder de su clase en la Universidad de Harvard y que era un nacionalista que había retado el control de los Estados Unidos sobre Puerto Rico. “¿Por qué no nos enseñan esto en las escuelas?”, me preguntó una prima de 16 años mientras tomaba notas en un pedazo de papel.
Entendí su frustración. Pero en su deseo por aprender también vi el orgullo puertorriqueño de otra generación más.









